Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 17 de julio de 2018

Disidencias

Estamos cerca de los dos años de la firma del acuerdo de Paz con las Farc. La humanidad celebró sin dudar la noticia y debemos reconocerles a sus artífices algo: haber silenciado los fusiles de esta guerrilla. Lo que no se dimensionó en ese momento fue la proporción de los riesgos venideros, esos mismos que cargan consigo un común denominador: la violencia.

Uno de esos riesgos fue el nacimiento de las disidencias de las Farc, grupúsculos conformados por algunos que no le jalaron a someterse a la justicia y optaron por seguir con el fusil terciado buscando dominar en las regiones, intimidando, traficando y creyéndose amos y señores. Las autoridades calculan que pueden ser más de 1.300 personas ubicadas en regiones altamente conflictivas como el Catatumbo, Nariño, Guanía y Meta. Para ser exactos, se cree que hay 18 estructuras disidentes en 13 departamentos, conviviendo con el Eln, la delincuencia común y los narcotraficantes. Hostigamientos, reclutamiento forzoso, muertes selectivas, asesinatos de líderes, tráfico de armas, cultivos ilícitos, extorsión al comercio y minería ilegal, entre otros, les van dando un poder emergente poco digno para lo que deberíamos estar viviendo en esta hipotética prosperidad.

Alias Guacho es buen ejemplo. Este tipo, al mando de unos cuantos forajidos agrupados en el llamado Frente Oliver Sinisterra, está llenando de terror a las comunidades del sur y del occidente de Nariño. A punta de violencia e intimidación quiere dominar a la población civil para ganar poder asociado a cualquier forma de delito: alianzas con narcos, reclutamiento de jóvenes, minería ilegal y extorsión, entre otros. ¿Están persiguiendo a Guacho y a sus hombres? Pues sí. Desde el momento nefasto en el que este tipo secuestró a los periodistas ecuatorianos, el gobierno dijo que sus días estaban contados. Vamos en meses y nada. Al paso que vamos terminaremos hablando de años. Y Guacho ahí. Tú... tranquilo. Eso de que son “simples bandidos”, como los calificó el ministro de Defensa, es como ver pasar a un camello por el ojo de una aguja.

Presiento que el enano se va a crecer. Las ovejas descarriadas se están engordando. Ojalá que esto no termine en la configuración de unas seudoFarc. Ad portas de que se acabe este gobierno, la papa caliente le queda al entrante. Ahora bien, si llega a usar en legítimo derecho la fuerza pública con todo su poderío, es muy probable que se alborote el sentimiento vallenato de la oposición, bajo el argumento de que volveremos a la guerra. Eso no es así. El Estado también tiene que demostrar que es capaz de meterle julepe al asunto y frenarlo. No vaya a ser que por culpa de unos moños, estos disidentes terminen siendo legitimados como alzados en armas. Eso sí sería de no creer.

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