David Escobar Arango
Columnista

David Escobar Arango

Publicado el 16 de julio de 2018

El cuerpo y las emociones

Querido Gabriel,

¿Has visto qué poca atención le ponemos a los mensajes que nos manda nuestro cuerpo? Me gustaría hablar de este tema con relación al sistema educativo y de cómo podríamos aplicar estas reflexiones en la mejora de la calidad de nuestra relación con los demás y con nosotros mismos.

Hay expresiones que se repiten en diferentes culturas, con profundas raíces biológicas, rebosantes de sabiduría, pero a veces las pasamos por alto. ¿Alguna vez has tenido mariposas en el estómago? Seguro que sí, y jamás las confundiste con una indigestión. ¿Has caminado alguna vez con un peso sobre tus hombros? A todos nos pasa, y sabemos que no hay que ir al ortopedista por ello. ¿En algún momento difícil, sentiste un nudo en la garganta? Y de seguro no pediste cita con el otorrino. Por otro lado, aunque algunos dolores a la altura del corazón podrían ser infartos, la mayoría tienen que ver con las penas del alma. El cuerpo nos habla, pero casi nunca comprendemos. Su lenguaje no nos fue transmitido desde la infancia. No conocemos su gramática, poco nos interesan sus etimologías y nada nos importan sus infinitas posibilidades poéticas. ¿Qué tal si invitamos a médicos, enfermeras, profesores, sicólogos y líderes a conversar sobre ese código que se oculta tras la conexión indisoluble entre nuestro cuerpo y nuestras emociones?

Detrás de una metáfora que sobrevive cientos de años, puede haber una verdad muy profunda. Supón que desde pequeños nos enseñaran que cuando nos sudan las manos, cae bien respirar profundo y soltar el resto del cuerpo. Imagina que nos explicaran que cuando resolvemos un asunto pendiente, sentimos una deliciosa frescura en la cara. ¿No seríamos mejores si supiéramos que la mayoría de los dolores que llamamos “del corazón” se previenen con la antigua medicina de la aceptación y el amor? ¿Qué tal si nos contaran que una menor sensibilidad en brazos y piernas puede tener una estrecha relación con la tristeza? ¿O que nos advirtieran que la ira llena el pecho y la cabeza, y deja sin espacio los buenos sentimientos y la capacidad de pensar antes de actuar?

¡Cuánto mejor conviviríamos si aprendiéramos a administrar nuestra arrebatada humanidad! Cómo mejoraría nuestra vida en sociedad si pudiéramos aprender a identificar tempranamente los anuncios orgánicos de nuestras emociones. Muchos conflictos se evitarían, nos ahorraríamos muchas discusiones. ¿No será que eso de “conócete a ti mismo” aplica también y, sobre todo, para nuestras emociones?

Hablemos del organismo humano y sus mensajes silenciosos. De pronto nos damos cuenta de que las clases de lectura no solo deben ser en español y en inglés, sino en esa lengua serena del cuerpo, que combina perfectamente la biología con la metáfora.

Así, algún día podremos decir como el Dalai Lama, que, en una entrevista, al ser interrogado sobre su peor defecto, sencillo como siempre, dijo: “Tengo muy, pero muy mal genio”. El periodista, sorprendido, le dijo: “No puede ser, usted es uno de los hombres más compasivos y pacientes del mundo”. El Dalai Lama sonrió: “Lo que pasa es que lo logro controlar a tiempo”.

Director Comfama

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