Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 15 de febrero de 2017

El desmadre

Desde el Río Grande del norte hasta la Patagonia del sur, el continente americano se contaminó de la peste de Odebrecht. Y como era de esperar, su pestilencia contagió a Colombia. País que vive a la última moda en materia de corrupción.

Los escándalos de Odebrecht salpican al establecimiento. Cada denuncia, cada expediente que se abre –piezas del deplorable repertorio millonario de la pasada campaña electoral– son puntos a favor para una oposición al sistema que capitaliza tanta podredumbre.

El país nacional está perplejo con los escándalos que minan más al ya por sí desprestigiado país político. Si generaciones anteriores se espantaban cuando en épocas del fanatismo liberal/conservador, caciques y gamonales asaltaban a sangre y fuego el botín burocrático de un Estado pequeño y anémico, ahora sí que quedan estupefactas cuando registran los multimillonarios capitales que circulan para comprar conciencias y desvirtuar la voluntad real del ciudadano.

La corrupción aquí no empezó ayer. Hace 200 años en el país -relata El Espectador- los gobiernos de Bolívar y Santander decretaron la pena de muerte para los dilapidadores y malversadores del erario, que no eran escasos. Ya Zea, enviado por Bolívar a Europa a contratar empréstitos para financiar la independencia, gastó y malgastó con esos préstamos. Cuentan que llegó a Madrid en lujoso coche comprado en París... Habíamos comenzado a sentar doctrina de inmoralidades.

Ya en el siglo 20, Colombia se sobrecogió con las acusaciones que en el Congreso se le hicieron al segundo gobierno de López Pumarejo por turbios negocios en que estaba implicado su hijo, López Michelsen. Aquel renunció y este sería, a los años, premiado con el poder presidencial. Luego un elefante gigantesco, alimentado con los dineros del cartel de Cali, conquistó a trompadas la presidencia. Son mojones que marcan la laxitud en la aplicación de la ética en un régimen político que ahora podría hacer agua en medio de esta tempestad que golpea las campañas de Santos y Zuluaga.

La corrupción se desmadró. No se pudo llevar ni siquiera a sus “justas proporciones” como lo quiso el pintoresco presidente Turbay. Irrumpió el narcotráfico, compró conciencias, penetró en la política, llenó de droga el comercio nacional e internacional y allí se desbordó la inmoralidad. Hicieron su presentación en sociedad toda clase de delitos que permearon a los sectores público y privado y asfixiaron a las instituciones colombianas.

El país está estragado con el patético espectáculo de acusaciones, recusaciones, que favorece a los opositores al actual sistema político que por tanto tiempo lo ha regido. Parecería que se quisiera repetir el año 70 del siglo pasado, cuando un populista aventurero, el exdictador Rojas Pinilla, puso en jaque la última etapa de la alternación de los partidos tradicionales en el poder.

Algunos escépticos vaticinan que, como todo escándalo nacional, este pronto pasará. Que naufragará en la impunidad en manos del Consejo Electoral. Mas nosotros sí sospechamos que puede tener consecuencias políticas, implicaciones electorales. Podría abrir fisuras en el régimen, para que por ellas se filtre el populismo. El mismo que agitan algunos precandidatos, aprovechando con sus tesis efectistas el descontento que hay en una opinión hastiada de tan nauseabunda inmoralidad.

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