Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 11 de febrero de 2019

El “ecocidio” en el Río Cauca

La sequía provocada esta semana en el Río Cauca debido a una nueva contingencia en Hidroituango constituye un desastre ambiental inocultable. No se puede describir con juicios eufemísticos: que se trata de una mortandad de peces que se reparará con una simple siembra de alevinos.

Expertos en ríos, acuicultura e ictiología advirtieron los daños sistémicos y múltiples que produjo y producirá la reducción del caudal aguas abajo del embalse.

Alteración de las masas y soluciones minerales que contiene el río. Desecación de meandros y ciénagas alrededor. Cambios bruscos en temperaturas y presiones freáticas de ese ser vivo que es el Cauca y que sirve y alimenta a miles de personas hasta que se funde en el Magdalena.

La dimensión de estos trastornos cabe en un neologismo que designa un daño severo a un sistema natural: ECOCIDIO: “hace referencia a cualquier daño masivo o destrucción ambiental de un territorio determinado, de tal magnitud que ponga en peligro la supervivencia de los habitantes de dicho territorio. (...) Es generalmente asociado con el daño causado por un agente vivo que directa o indirectamente mata suficientes especies en un ecosistema para interrumpir su estructura y función”. ¿Les suena familiar?

Consultados en medios radiales, el biólogo experto en peces José Iván Mojica y el geocientífico Modesto Portilla hablaron de un río atrapado en una presa, que aguas abajo, en pleno verano y época de subienda, sufre un descenso dramático del flujo de aguas, con la pérdida consecuente de movimiento, oxigenación y sedimentos necesarios para su equilibrio y supervivencia.

Lo que más molesta en la opinión pública, pero en especial en las comunidades ribereñas, es que se quiera ver y presentar la situación como un problema menor, que afecta a unos pescadores y labriegos que se deben adaptar como puedan a los cambios y daños producto de la emergencia. El discurso usual dominante centro-periferia, que desde la Colombia urbana minimiza y margina a ese otro país rural y periférico, absolutamente emparentado, compenetrado y dependiente de recursos naturales básicos.

Este gigantismo, a la vez esnobista, con que se ha vendido a Hidroituango para compararlo con complejos hidroeléctricos de Brasil o Egipto, esa visión aplastante y soberbia que desconoció saberes académicos y comunitarios, hoy están pasando factura.

Ante la dimensión de los perjuicios y daños causados, no deben prosperar más verdades a medias ni ese tono imponente que busca ignorar y ocultar un desastre ambiental tan hondo y extendido.

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