David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 03 de julio de 2018

El ego imposible

Las acusaciones que aún hoy, tres semanas después de las presidenciales, se escuchan sobre el papel del voto en blanco en la derrota de Gustavo Petro dicen mucho del corto nivel de análisis político en el país y, aún peor, de la incapacidad de autocrítica de la campaña derrotada. El candidato de la Colombia Humana, que intentó escorarse al centro para obtener la mayor cantidad de votos posibles y superó los sorprendentes ocho millones, es incapaz de agrupar bajo la reflexión y el análisis sosegado una esperanza de oposición seria. Todo es señalamientos y reprimendas.

Pocas cosas son tan necesarias en este momento crítico del postacuerdo como un contrapeso sensato al nuevo Ejecutivo, pero un alto porcentaje de los perdedores sigue derramando culpas en los otros, incapaz de entender que su discurso de unidad contra la derecha resultó minoritario y que es tiempo de pensar en los años que vienen. Los intentos por lograr una coalición de centro izquierda, comprometida con el control político, se difuminan de a poco mientras se vuelven más frecuentes las arengas de resentimiento.

Gustavo Petro tiene que entender que la impresionante votación que logró en la segunda vuelta no le pertenece y que la única opción de construir sobre ella, manteniendo aglutinados a los que confiaron en su propuesta, es disminuir la beligerancia de su discurso. Ese candidato conciliador, que apareció entre mayo y junio, demostró su efectividad en las urnas, pero desapareció inmediatamente se proclamó su derrota.

Colombia está en mora de lograr una alternativa política responsable y congruente, que controle y vigile, cercana más al centro que a los radicalismos que por tantos años han resultado inútiles. Que entienda el cambio de ciclo histórico que se dibujó en las últimas elecciones y que tome las banderas de las prioridades sociales de un país que reconoce las mejoras tras el acuerdo con las Farc, pero que es tremendamente desigual e injusto, con un Estado que se mueve a media máquina por la corrupción.

Los viejos partidos dejaron de representar a la sociedad hace mucho tiempo y las urgencias nacionales no permiten desperdicios por egos o acusaciones ilógicas. Petro -que se muestra obstinado en dividir al país en bloques monolíticos de buenos y malos e insiste en ser el centro de atención- no ha mostrado la grandeza que necesita una empresa de esa envergadura.

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