Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 23 de mayo de 2018

El escalafón del poder y los deseos

Las elecciones son el rito máximo del poder. Sus oficiantes, los candidatos celebran el evento que congrega el furor y la deliberación de los pueblos. Tal intensidad explica que la campaña para procurarse el favor multitudinario se realice cada cuatro años, en su edición suprema.

Si fueran más frecuentes, estas carreras a presión en pos de la favorabilidad pública harían colapsar tanto a los aspirantes al cetro como a la ciudadanía. Más a aquellos, claro está, porque los pretendientes se juegan íntegra su vida anterior con tal de ser investidos de una naturaleza incomparable.

En el siglo VI antes de nuestra era florecieron en Grecia unos poetas que prepararon las futuras glorias de Pericles y de los escritores de tragedias. La vida de uno de ellos, Simónides de Ceos, fue novelada por la anglo-sudafricana Mary Renault (1905-1983), especialista en aquellos tiempos cuando se fraguaba la democracia.

En “El cantante de salmos” pone en boca de su protagonista la siguiente reflexión: “Como un rasgo de gentileza para con los mortales, los dioses han puesto en el corazón de la mayoría de los hombres el deseo de ser amados y reconocidos, aun cuando ambicionen el poder; el poder es una prueba. Algunos, cuando lo logran, se conforman con comprar muestras de afecto y castigar a los que no se lo prodigan; estos son los déspotas”.

El griego antiguo establece así una jerarquía en el elenco de deseos del hombre. En primer lugar están el amor y el reconocimiento, es decir, el ser acogido por los demás de acuerdo con las personales capacidades y méritos o esfuerzos.

El poder es asunto subalterno. Más que un deseo es una ambición. Y en vez de ser un punto de llegada es una prueba, o sea un tanteo, un experimento. No todos alcanzan el poder, quienes lo logran se someten al aprendizaje de los deseos fundamentales, amor y reconocimiento. El problema es que, una vez instalados en el poder, algunos se engolosinan. Pretenden aferrarse a él sin advertir que apenas es un ensayo de lo verdaderamente importante. Hay dos maneras de atornillarse, mediante el halago o con el castigo. Estos son los caminos del déspota. Desde la infancia ilustrada de Occidente, los sabios de media humanidad entrevieron la respuesta a las dos preguntas cruciales: de qué se trata la vida y de qué no se trata la vida.

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