Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 10 de marzo de 2018

El escepticismo y otros desencantos

Espero dormir esta noche a pierna suelta, recostado en la “almohada del escepticismo”, de que hablaba Montaigne. Del escepticismo electoral, quiero decir, que es casi lo mismo que el escepticismo político, aunque hay una sutil diferencia entre los dos en la que no quiero entrar para que no se me empiece desde ya a espantar el sueño.

El escéptico electoral no es un abstencionista, como a veces se nos endilga, porque soy un convencido creyente de que el sufragio del escepticismo es el voto en blanco, no la abstención. Valga la pena advertir que la palabra abstención, tan denigrada por muchos pero tan practicada por tantos, puede significar mucho o puede no significar nada. Bajo su manto se pueden embozar todas las mentiras de la política. Pero resulta que la gente no vota porque sea abstencionista, sino que es abstencionista por razones, conocidas o por conocer, que la repelen de las urnas. Aunque suene a perogrullada, hay que decir que no votar no es la causa del abstencionismo, sino su efecto.

Se podría decir que la apatía o la abulia electoral, que aparentemente aquejan a los abstencionistas, no son tal, sino algo más hondo. El apartidismo, por ejemplo. Los sin partido no son los que se desencantaron de las colectividades tradicionales o de las nuevas pero siguen ahí apegados aunque desilusionados, sino los que no pertenecen (no pertenecieron o ya no pertenecen) a ningún partido. Y que además no son ni de derecha ni de izquierda, ni de centro. Ni tampoco se ubican en esa geografía disfrazada que llaman centro-derecha y centro-izquierda. Ni mucho menos, que de todo hay en la viña del Señor, son rezagos de revoluciones y subversiones fracasadas en trance de conversión a una fementida democracia.

Son los escépticos en política. Escéptico (que en griego es el que medita, el que examina, el que contempla) no es un desilusionado o un desentendido, un frustrado, sino el que tiene el valor de pararse en una esquina de la vida y como decían los discípulos de Pirrón, el padre del escepticismo, “duda de todo y lo examina todo sin decir nada acerca de la certeza de los hechos o la realidad de las cosas”.

Para cautivar a los escépticos electorales, los políticos suelen inventarse el cuento chino del “suprapartidismo”. Pero este no existe. Es una entelequia, una parada de prestidigitación ideológica que, como todo en la magia, es un truco en el que quien menos cree es el mismo mago. Puede que dé voticos, pero no convencerá a los escépticos. Como tampoco los arrastrarán los mesías entronizados, las banderas fanatizadas, las violencias politiqueras o las promesas de paraísos ya perdidos, pero todavía dizque por estrenar.

De esos y otros desencantos cura el escepticismo.

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