The New York Times
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Publicado el 12 de febrero de 2018

EL INTENTO DE TILLERSON POR REMENDAR LAZOS EN AMÉRICA LATINA

Por CHRISTOPHER SABATINI
redaccion@elcolombiano.com.co

El viaje del Secretario de Estado Rex Tillerson a cinco países de América Latina y el Caribe no comenzó bien.

Inició la gira la semana pasada con una parada en su alma máter, la Universidad de Texas, Austin, donde dio un desconsiderado respaldo a la Doctrina Monroe de 1823, diciendo que el derecho de Estados Unidos a bloquear la interferencia exterior en el hemisferio es “tan relevante hoy como lo fue el día en que fue escrito”.

En una región que ha sufrido incontables intervenciones de Estados Unidos en nombre de la Doctrina Monroe, invocarla como una guía legítima para la política americana es sólo un poco mejor que abogar por la “carga del hombre blanco”.

En el último año, la administración Trump ha ofendido constantemente a muchos de los principios básicos de las relaciones hemisféricas. Lo que hizo tan sorprendente la acogida de la Doctrina Monroe fue que el propósito no enunciado del viaje de seis días por México, Argentina, Perú, Colombia y Jamaica era reparar algo de los daños del año pasado e intentar recolectar el apoyo regional para aislar al gobierno autocrático de Venezuela.

Aunque al final Tillerson puede haber logrado su meta básica de asegurar apoyo a mayores restricciones al gobierno venezolano, fue una estrecha victoria en una región donde los Estados Unidos tienen amplios y variados intereses.

Durante su campaña y primer año en la presidencia, el presidente Trump ha logrado molestar todos los nervios regionales. Insultó a inmigrantes mexicanos y amenazó con construir un muro fronterizo -una ofensa no sólo para el segundo mayor socio comercial de Estados Unidos sino también el resto del hemisferio. Llamó el Tratado de Libre Comercio Norteamericano de 1994 “el peor acuerdo comercial” de la historia y suspendió el estatus temporal de protección de cientos de miles de nicaragüenses, haitianos y salvadoreños, obligándolos a regresar a sus países.

El presidente soltó otra sorpresa durante el tour de Tillerson. En una mesa redonda televisada en Virginia el 2 de febrero, criticó a países que han aceptado ayuda antinarcótica estadounidense -no los nombró pero todos sabían que estaba hablando de Colombia, Perú, México y los países de Centroamérica. Dijo que se están riendo de los Estados Unidos mientras siguen recibiendo dinero de los pagadores de impuestos americanos a la vez que se benefician del comercio de las drogas. El presidente amenazó con suspender la asistencia a los países que no están haciendo lo suficiente para ponerle fin a la producción ilegal de drogas.

Esos gobiernos y su gente han soportado el peso del apetito de Estados Unidos por las drogas y su estrategia de larga data de centrarse en el “lado de la oferta”, hasta que las administraciones de George W. Bush y Barack Obama aumentaron el enfoque hacia la demanda.

La violencia, la agitación económica, la corrupción, el crimen organizado, la guerra civil y el vaciamiento de la autoridad estatal en América Latina han sido los resultados, lo cual no es motivo de risa para ninguno de estos países. Como dijo el presidente Juan Manuel Santos, con Tillerson de pie junto a él, “hemos perdido a nuestros mejores líderes, nuestros mejores periodistas, nuestros mejores jueces, nuestros mejores policías en esta guerra contra las drogas”.

A pesar del más reciente insulto de Trump y el torpe comienzo en Austin, Tillerson trató de entonar las notas correctas en el viaje. En México hizo énfasis en la importancia de Nafta para la economía americana. En Argentina él y su homólogo, el ministro de Relaciones Exteriores Jorge Faurie hablaron de abrir el mercado de Estados Unidos a frutas y legumbres argentinas.

Los gobiernos que lo recibieron parecieron dispuestos a declarar como ilegítimo el plan del gobierno de Maduro de Venezuela para tener elecciones presidenciales anticipadas en abril y se niegan a reconocer cualquier gobierno que resulte de ellas.

Estados Unidos tiene una diversa gama de intereses que van más allá de movilizar acción contra Venezuela. Luchar con gobiernos locales socios contra el tráfico de narcóticos, expandir los mercados para las empresas americanas, promover la prosperidad masiva y defender la democracia y los derechos humanos.

Tillerson puede haber mejorado gradualmente la posición de Estados Unidos en la región, pero con todo su equipaje, no pudo restaurarla por completo

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