Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 19 de junio de 2018

El poder de Medellín

El poder se concentra en Bogotá, pero para llegar a él hay que ganarse a Medellín y a toda Antioquia. Y para mantenerlo, anóteselo en letras de fuego señor presidente, hay que contentar a la región motor del país. Y no con las migajas sino con políticas audaces que satisfagan al que ha sido el principal feudo de otra abrumadora victoria del uribismo. No hace falta ser un lince para detectar que Antioquia tenía la llave de la Presidencia. Tampoco para asegurar que, a tenor de los resultados de la primera vuelta, su ciudad había decantado ya la segunda. Pero permítanme que, para una vez que acierto, recuerde aquí que el pasado 29 de mayo avancé que Duque tenía asegurada la victoria final salvo hecatombe. Y me da que, mientras viva Álvaro Uribe, por muchos años sea, las presidenciales se decantarán en función de la ventaja que saque el candidato uribista a su oponente en Antioquia.

Antes de abordar los principales retos que afronta Duque, quisiera analizar los resultados en las tres mayores sacas de votos del país. En Bogotá, Petro obtuvo el 53,35% de los votos, casi 1,9 millones de papeletas por las cerca de 1,5 millones de Duque (40,98%) y en Cali 446 mil electores optaron por Petro (53,08%) por los 352 mil que se decantaron por Duque (41,94%). Sin embargo, la victoria en Medellín del candidato uribista fue tan abrumadora que le sirvió para imponerse en el recuento final. Allí cosechó nada menos que 50 puntos porcentuales de distancia frente a su adversario izquierdista, un 72,15% de los votos (693 mil) por el 21,69% de los recontados en favor de Petro (208 mil). Más abrumadora aún fue la victoria en todo el departamento. Duque se llevó el 72,53% (más de 1,8 millones de votos) por el escaso 21,97% de Petro (558 mil papeletas).

En el conjunto del país, Duque ha logrado 2,3 millones de votos por encima de su oponente. Casi 1,3 millones de votos de esa ventaja la ha conseguido en Antioquia, más de la mitad.

Dicho esto, hay varios asuntos que hacen de esta elección un acontecimiento apasionante. El primero, es que Petro ejercerá de jefe de la oposición con un probable gobierno en la sombra capaz de apretar a Duque en los temas relevantes. Entre ellos, la reformulación de los acuerdos de paz. A nadie le interesa volver a la casilla de salida, pero la mayoría del país pide que no se den concesiones a los pistoleros y que se dignifique a las víctimas. Así debe ser y Duque tiene suficiente ventaja electoral como para poner en práctica sus promesas. La máxima del uribismo “mano dura, corazón grande” es lo que exige Colombia por mucho que Petro quiera hacer valer sus 8 millones de votos. Sin embargo, hará bien el nuevo presidente en escuchar al líder de la oposición en cuestiones como la excesiva dependencia de las exportaciones de materias primas y, en particular, afrontar la progresiva descarbonización del país. Este fenómeno global avanza a pasos gigantescos, como demuestra la cuota impuesta por la Unión Europea a todos sus socios para que la producción de energía renovable alcance el 32% del total en 2030. El fin del carbón y de las gasolinas es un hecho, al menos a la escala actual, y Colombia debe abordarla.

Es cierto que las ventas de hulla, coque y briquetas creció un 59,3% el pasado año respecto al precedente y que la exportación de petróleo crudo y otros productos extractivos aumentó un 32,4% y fue la que mayores ingresos dejó, pero la tendencia mundial obliga al país a la transición.

Colombia dispone de recursos suficientes para convertirse en la Corea del continente, y emular la vertiginosa transición de una economía agrícola y extractiva a otra en la que la tecnología y los servicios ganen peso.

Para eso es necesario un gran pacto con la oposición en materia de educación y empleo, conceptos ligados. Y otro gran acuerdo para frenar a las bacrim, la mayor amenaza.

Grandes retos, señor presidente. Buena suerte y no olvide por el camino quién le ha aupado al poder.

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