The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 29 de enero de 2018

EL RADICALISMO CALLADO DE MELANIA TRUMP

En el primer aniversario de su inauguración, el presidente Trump pasó el día bombardeando a los demócratas por el cierre del gobierno, sugiriendo que las mujeres que marchaban en protesta por su presidencia de alguna manera lo estaban celebrando y envuelto en acusaciones de que pagó una estrella porno para mantenerla callada sobre su relación. Mientras tanto Melania Trump conmemoró el aniversario tuiteando una foto de ella misma en el brazo de un oficial de la Marina. Su esposo no estaba por ningún lado, ni tampoco mencionó su nombre. Unos días después, en lo que resultó ser el décimo tercer aniversario de matrimonio de los Trump, canceló sus planes para acompañar al Sr. Trump al Foro Económico Mundial en Davos, Suiza.

Ella podrá no ser progresiva. Podrá no ser política. Sin embargo la Sra. Trump podría terminar haciendo más que cualquiera de sus predecesoras para hacer desvanecer nuestras expectativas en cuanto a la devoción que una primera dama debe mostrar hacia su marido.

Sus razones para hacerlo, claro, son casi con seguridad personales. Con la excepción de los Clinton, no ha existido una pareja más complicada en la historia moderna: la Sra. Trump es la tercera esposa de un hombre que una vez le dijo al presentador de radio Howard Stern que le “daría una semana” para rebajar el peso ganado durante el embarazo después del nacimiento de su hijo, Barron. Durante la campaña del 2016, ella se vio en la posición de defenderlo después de que un video de “Access Hollywood” lo mostró jactándose de agarrar a mujeres.

Sin embargo, desde entonces, ha sido cualquier cosa menos una defensora pública y de hecho ha sido desafiante en su silencio.

Se espera que las primeras damas acepten las infidelidades y crueldad de sus maridos y que sigan siendo sus más fuertes campeonas, sin importar las circunstancias. Lyndon Johnson podía ser completamente malo con su esposa, Lady Bird, recriminándola en público y comparándola con mujeres que consideraba más bellas.

Se espera que sean devotas. Nancy Reagan, la fan número uno de Ronald Reagan, escribió en su autobiografía “Mi Turno”: “Me gustaría regresar como Ronald Reagan. Si él se preocupa, usted nunca lo sabría. Si él está ansioso, lo guarda para sí mismo. ¿Deprimido? Él no sabe el significado de la palabra. Realmente es tan relajado y optimista como parece”.

Hillary Clinton fue la primera primera dama en lanzarse a la candidatura por un cargo público, pero por más progresiva e innovadora que fuera, no obstante tomó la decisión de apoyar a su esposo después de que este admitió su amorío con la practicante de la Casa Blanca, Monica Lewinsky, independiente de su propio dolor y humillación.

Tal vez la Sra. Trump es más parecida a Michelle Obama de lo que la gente cree. Aunque el afecto mutuo de los Obama era obvio, la Sra. Obama también fue la primera primera dama en retar a la gente a aceptar a una mujer que se negó a jugar el papel de la esposa empalagosa y adoradora. “No puedo hacer eso”, dijo en una entrevista con Vanity Fair en 2007. “Esa no soy yo. Amo a mi esposo. Creo que es uno de los hombres más brillantes que he conocido, y él sabe eso. Pero no es perfecto, y no quiero que el mundo quiera que él sea perfecto.”

La Sra. Trump es la primera dama más reticente desde Bess Truman (quien se iba de Washington para regresar a su hogar en Independence, Missouri en toda oportunidad). Su aparente antipatía hacia el puesto la ha hecho más dispuesta a ignorar las normas y tradiciones que lo gobiernan. Esta rebelión silenciosa comenzó con su decisión de no mudarse a la Casa Blanca sino hasta cinco meses después de la posesión de su esposo. Tomó fuerza cuando alejó la mano de su esposo en una pista de aeropuerto en Israel el año pasado. Para cuando los Trump dejen la Casa Blanca, la Sra. Trump puede haber hecho más para cambiar nuestras nociones sobre esta posición arcaica, que no tiene descripción de trabajo ni sueldo, y viene con expectativas imposibles, que la mayoría de sus predecesoras.

¿Habría sido beneficioso para Donald Trump que su esposa estuviera a su lado en Davos mostrando un frente unido, como hemos llegado a esperar de las primeras damas? Absolutamente. A ella le importa. Probablemente no.

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