Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 14 de septiembre de 2017

Elogio de la prohibición

Cuando Juan Luis Mejía, rector de Eafit, le preguntó a un amigo su receta para mejorar los índices de lectura recibió esta respuesta: hay que prohibirla. Lo contó en reciente croché de bibliotecarios.

Quienes estamos amañados vivos le agradecemos a mamá Eva que se hubiera pasado la prohibición por la faja, que en su época se llamaría hoja de parra. Obedece y seríamos puré de nada. O habríamos tenido que emigrar hacia otra religión. Desde Eva, lo prohibido nos tienta desde la sombra.

Lector multiorgásmico, el rector eafitense que se gozó el festival de Ancón con atuendo jipi, se quita el chicharrón de la boca para leer un prosaico reglamento de trabajo.

Otro lector multiorgásmico es mi vecino de página, Diego Aristizábal, quien se estrena como feliz director de la fiesta del libro. Levita leyendo el directorio telefónico de Calcuta, por decir algo.

Las debilidades como lectores de Mejía y Aristizábal las encuentran en el programa “Líneas de la mano” de la emisora de la Cámara de Comercio.

A juicio del rector eafitense, hay dos momentos mágicos en la vida: cuando aprendemos a leer y el día que nos volvemos lectores.

En la charla a la que hago referencia, reveló que un amor de “jodentud” le sopló que los poemas que le enviaba se los atribuían a un tal Neruda. También contó que una sobrina nieta suya está güete juntando letras.

Mi nieta Sofía no se cambia ni por Dios mano a mano mientras junta letras como quien arma un lego. (A propósito: a raíz de la visita del Papa salió a relucir el nombre de Dios. Esta fue su pregunta: ¿Mami, y dónde está Dios? La madre, teóloga improvisada, le respondió que en todas partes. “Entonces, párate, mami, porque estás sentada encima de Dios”).

No debería autoincriminarme, pero Sofía y su hermana Ilona me destituyeron como nocturno lector de cuentos. Todo porque su abuelo se duerme primero. Mi ego y mi autoestima están por el piso.

No solo recuerdo las 29 letras de mi niñez sino a la señorita Esilda que me las empacó. (Con 29 letras y 2 dedos García Márquez construyó su universo literario. Con 10 dedos me estoy sacando un ojo para redondear esta columna).

Y antes de abrirme del parche, una avara evocación del gran ausente de la fiesta del libro, Óscar Hernández, cuya obra editaron Sílaba Editores y Letra a Letra.

Sus exequias se realizaron el día del empate Colombia-Brasil. Esa tarde el fútbol derrotó a la poesía 5-0. Del mundillo literario solo asistieron su editora Lucía Donadío, el rector Mejía, de Eafit, Samuel Vásquez y Jairo Morales, prologuista de algunos de sus libros.

Dios tampoco es imparcial: al nonagenario de Los Alpes lo llenó de talento para todo lo que tuviera que ver con la escritura. “... qué solos se quedan los muertos...”

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