Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 20 de abril de 2016

Entre la Madre Tierra y la Tierra Madre

(Serie: La tierra jamás prometida. Columna 1 de 3).

Una de dos luchas acabará con nuestra presencia en el planeta: por la Madre Tierra o por la Tierra Madre (“patria”, para algunos).

Desde el cielo, a vuelo bajo, Israel parece un milagro: la aridez del desierto convertida en verde, los sistemas de riego, la desalinización marina, la tecnología agrícola que teje una provocativa colcha gastronómica.

Inscrito en el discurso global de protección de la Madre Tierra, Israel también grita contra el suicidio colectivo; su mea culpa urbana se hace patente en las ciclorrutas a lo largo del Mediterráneo en Tel Aviv, en las innumerables estaciones callejeras de reciclaje. (Como en todos lados, la sostenibilidad se antoja antropocéntrica: duelen la Madre Tierra y su diversidad por cuanto aseguran la permanencia del ser humano).

En cuanto a los defensores de la Tierra Madre –especialmente poderosos en lugares como Israel–, a muchos nos repele la posibilidad de que la posesión del espacio y la honra de los símbolos ancestrales estén por encima de la vida. Ni la Historia (y los apelativos que cambian en el mapa), ni la imagen de la estrella de David –o la cruz, el cóndor de los Andes, el gorro frigio– superan en importancia al corazón latiendo de un ser vivo.

No imagino qué sucedería si cercenaran mis raíces, si no pudiera regresar a la tierra de mis ancestros, si erigieran muros para impedir mi paso, si me exigieran pasaporte para visitar la plaza de Sonsón. (La analogía no es del todo absurda ni simplista: es la búsqueda del origen).

La inmensa mayoría de los seres humanos no hablamos a través de versículos de textos sagrados ni de artículos constitucionales. No izamos un cartón de doctorado para defender un territorio por encima de la vida humana. Y no porque seamos prófugos de un campamento hippie (“make love, not war”): solo nos cuesta creer que existan valores superiores a la vida.

Mientras viajaba con la sien apoyada sobre la ventanilla del bus, entre tierras fértiles, casitas de color marfil (como las del pesebre que construíamos con papá y mamá en la finca) y laberintos de cemento, recordaba la ‘West Eastern Divan Orchestra’, integrada por niños palestinos, israelíes y de otros orígenes, bajo la dirección de Daniel Barenboim. Evocaba las letras de Amos Oz, Edward Said y Susan Sontag. Cavilaba sobre las rutas hechizas que el pensamiento premoderno encuentra para pervivir. El riesgo del dogma: eterno, como la idea de dios.

Estas reflexiones nacen de la invitación de la Confederación Colombiana de Comunidades Judías y AJC Project Interchange a diez periodistas colombianos. Asistimos a sitios históricos y conferencias (de catedráticos, políticos y militares, judíos y palestinos) sobre una realidad cargada de dolor e indignación

Pocas horas después de aterrizar en Rionegro, mi hija (grado Primaria) me preguntó en el desayuno: “Mami, al fin, ¿Dios sí vive en Israel?”. Entonces, los catedráticos se hallaban a cuatro aeropuertos de distancia. Para responderle, me hacen falta horas de vuelo.

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