P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 21 de abril de 2017

Entregó el Espíritu

Al morir, Jesús “inclinando la cabeza entregó el espíritu” (Jn 19,30). El espíritu que lo acompañó durante toda su vida terrena, desde el nacimiento hasta la muerte.

Sabemos que María concibió a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo. Después Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, donde fue sostenido por él para no caer en tentación. Y después de cuarenta días de ayuno, “el diablo lo dejó y se le acercaron unos ángeles y le servían” (Mateo 4,11). Fruto de su intimidad con el Espíritu.

Posteriormente Jesús va a Nazaret, donde se crió, entra en la sinagoga y lee al profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva”. Al terminar de leer, enrolla el volumen, lo devuelve, y dice a todos, que tienen los ojos fijos en él: ‘Esta Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy’” (Lucas 4,21).

Un día Nicodemo, magistrado judío, visita en la noche a Jesús, que lo acoge con extrema cordialidad. “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu” (Jn 3,8). Mi condición consiste en vivir, como Nicodemo, naciendo del Espíritu.

Otro día Jesús se encuentra con una samaritana a quien se dirige con ternura inefable: “Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad” (Jn 4,24). La adoración se convierte en la actitud cotidiana de aquella mujer.

Espíritu es estilo, sello, entusiasmo, talante, donaire, carácter, idiosincrasia, personalidad. El espíritu con que Jesús vive y nos deja en herencia, es el espíritu con que sana a los enfermos, elige a sus discípulos, camina sobre las aguas, predica a las multitudes, resucita a los muertos, confunde a sus adversarios y perdona a los pecadores.

Espíritu de Jesús, Espíritu Santo. Siempre que hacemos presente con amor y gratitud la muerte de Jesús, que muere por amor, intensificamos en nosotros la presencia del Espíritu Santo, cuyo poder divino llena de espíritu cada gesto de cuerpo y alma.

Soy instrumento del Espíritu Santo cuando miro, escucho, huelo, hablo, toco y piso con espíritu, y también cuando pienso, siento y recuerdo con espíritu. Y así soy espiritual, tengo espiritualidad.

El espíritu de Jesús es el espíritu divino, el Espíritu Santo que nos entregó y que nosotros hacemos bien en acoger y cultivar con espíritu.

La espiritualidad que el hombre del siglo XXI necesita y anhela con toda el alma.

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