David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 14 de agosto de 2018

Feligresías

Las pruebas se acumulan en los despachos judiciales de toda Suramérica contra aquellos que, hasta hace un par de años, eran parte de una generación de líderes políticos como no se había visto en décadas. Desde posturas ideológicas muy diversas las figuras de Álvaro Uribe, Hugo Chávez, Rafael Correa, Lula da Silva o Néstor y Cristina Kirchner; coincidieron temporalmente y transformaron de forma radical a sus países y al hemisferio. En el camino, mientras ponían su sello programático y discursivo en el inicio del siglo XXI, una larga fila de ciudadanos quedó prendada de los nuevos ismos.

No son ni miembros de partido ni seguidores reflexivos ni aduladores momentáneos. No son críticos. Han formado una nueva religión y se han convertido en una feligresía que considera la palabra de los expresidentes un mandato de fe. La verdad se distorsiona y las contradicciones son pasadas por alto, aun cuando salten como evidentes en cuestión de días. Las pruebas de corrupción, irrefutables en algunos casos, son ahora ataques de sujetos malquerientes, de intrigas oportunistas, de opositores sin sentimiento de nación.

Es imposible sostener cualquier discusión reflexiva con estas fanaticadas que además escudan las mentiras más burdas y las defensas más inocuas en una tolerancia mal entendida. Y entonces hay que aprender que se habla con una pared que prefiere cerrar la discusión con un insulto, con una risa burlona, con una mirada de desprecio, con un dato incomprobable que sirve de salida de escape a cualquier confrontación de ideas.

Los ejemplos se repiten varias veces al día. Todos los días. Están en los portales del mundo entero. Con las condenas a Lula o las acusaciones a Correa o los cuadernos sobre los Kirchner o los chats contra Uribe. Con el lamentable fracaso del chavismo. Son registros irrefutables que serían tomados por ciertos si los protagonistas fueran otros: esta extraña realidad contemporánea en la que el qué y el cómo dependen exclusivamente del quién.

Y estas ciudadanías, grupos que en algunos casos como el nuestro son mayoritarios, van arrastrando a los países a una obediencia sin sentido. A un caminar ciego en el que son ellos mismos los perjudicados (todos nosotros, al fin y al cabo) y en el que resulta agotador intentar construir desde el diálogo. Agotador, digo, aunque la palabra más adecuada es imposible.

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