Beatriz de Majo
Columnista

Beatriz de Majo

Publicado el 06 de junio de 2018

Fin de la luna de miel

Si las operaciones financieras y comerciales internacionales venezolanas se están viendo entorpecidas -habría que decir obstaculizadas por entero- por las sanciones impuestas al gobierno y sus representantes por parte de los más importantes actores de la dinámica mundial, China también está poniendo su parte para que Venezuela ponga orden dentro de su economía.

Hasta el presente, una suerte de alianza interesada operó entre los dos países revistiendo variadas formas de cooperación del lado chino hacia el lado venezolano. Todo comenzó cuando China debió enfrentar su propia crisis de provisión de materias primas básicas para alimentar su desmesurado crecimiento. Este siglo apenas arrancaba. China debía apertrecharse, entre otras cosas, de petróleo en condiciones seguras y en volúmenes cuantiosos. Venezuela era el socio perfecto.

La revolución bolivariana decidió, en ese momento, explotar comunicacionalmente una supuesta sintonía ideológico-política de parte y parte para hacer ver que Venezuela contaba con un irrestricto apoyo de Pekín. Y fue así como desde Caracas se cacareó a todo volumen que China le apostaba políticamente al éxito de la Revolución haciendo importantes inversiones en Venezuela y sirviéndole de soporte al gobierno de Hugo Chávez y luego de Nicolás Maduro a través de muy cuantiosos financiamientos otorgados en condiciones preferenciales para el país caribeño.

Venezuela le proveería importantes volúmenes de petróleo para repagar los empréstitos que China le aseguró y que crecieron de manera exponencial hasta alcanzar más de 62.000 millones de dólares.

China no hacía otra cosa que ganar en todos los frentes. Aseguraba para su dinámica industrial una provisión de crudo importante y a la vez extendía préstamos a la nación venezolana en condiciones muy favorables para sí, ya que sus términos eran más beneficiosos que la adquisición de deuda norteamericana existente en el mercado. Además, la deuda contraída por la nación venezolana la pagaba la empresa estatal petrolera, alcancía de la Revolución y un ente capaz aun de producir ingentes cantidades de hidrocarburos. Lo anterior sin tomar en cuenta que en la ejecución de los proyectos financiados por los chinos, Pekín pagaba y se daba el vuelto, al participar en ellos como proveedor de insumos, tecnología y servicios.

Hoy en día, canta otro gallo. La China de Xi ha sido espectador de primera fila en los desastres económicos producidos por el chavismo-madurismo y ha comenzado a sufrir en carne propia de la incapacidad de pagos del país y, además, de la dramática reducción de la producción petrolera que hoy, a todas luces, resulta tecnológicamente irrecuperable. Aún Venezuela tiene entre sus cuentas por pagar una abultada suma que se acerca a los US$20.000 millones.

Este sencillísimo cuento explica el trasfondo del cese abrupto de préstamos al país venezolano por parte de los entes financieros del Estado chino que está en este momento en el orden del día. China nunca admitirá sus equivocaciones en el sostenimiento de un régimen que llevó a un país a la ruina y depauperó a su población, pero que además exhibió ante sus socios su ineficiencia en los negocios, la corrupción en su manejo y la más crasa incapacidad de administración de la explotación de su riqueza básica.

Pero pensando mal, puede que las compras incrementales de petróleo y gas de China a EE.UU. que el mundo hoy está observando con atención, también formen parte del decorado del fin de la luna de miel entre Pekín y Caracas.

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