Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 03 de julio de 2018

Guachené

Hace un año, cuando a 10 personas se les preguntaba por la palabra Guachené, con toda seguridad ocho de ellos no tendrían ni idea qué era o qué significaba.

Ahora, fijo 10 de 10 saben que Guachené es el municipio donde nació Yerry Mina. Sí, Yerry, el panita, la torre, el gigante, el tipo que brincó como nunca para clavarle un cabezazo a Senegal, el mismo que nos metió a los octavos de final de la Copa del Mundo Rusia 2018, porque cuando se trata de fútbol, ahí sí somos un país unido.

¿Guachené? pues claro, es un municipio creado en 2006, el más joven del Cauca, que subsiste de la caña de azúcar, que tiene más o menos 20.000 habitantes y son pura gozadera, pura salsa choque.

Antes de que Yerry Mina fuera adquirido como jugador por el Barcelona F.C., uno de los cinco grandes equipos del mundo, las últimas noticias que figuraban en Google sobre Guachené era el de un secuestro de un comerciante y la llegada de agua potable a algunas partes del casco urbano después de años de espera.

Entonces, necesitamos que un deportista sacara de la ignominia a esta población. Hoy, vemos a Guachené como la cuna de futbolistas, tipos capaces de llegar al curubito del fútbol y meter goles en un Mundial. Conclusión: Guachené terminó siendo para el común de la gente, el sueño del Pibe: muchachitos que sueñan con ser futbolistas.

¿Esa es la verdadera cara de Guachené? quisiera que así fuera. Infortunadamente, las cosas en Colombia son a otro tenor y no son tan espléndidas como se ve en la sonrisa de Yerry Mina y en la sabrosura de la gente que muestran las notas de los medios de comunicación. Este municipio, como muchos en este país, vive realidades muy distintas. Ante la falta de oportunidades, sus jóvenes son atrapados por el alcohol y las drogas, quedando a merced de las pandillas y los grupos criminales que quieren control territorial; la corrupción es una amenaza latente, el desempleo está ahí, la minería ilegal, una realidad, y la influencia del narcotráfico, una constante. Ese es el Guachené que no conocemos, con las mismas cosas que tanto odiamos y que se viven en los territorios olvidados de este país.

La historia se puede construir con las alegrías que traen consigo los hijos de la tierra. Con el pibe Valderrama descubrimos un barrio que se llama Pescaíto. Su cancha sigue siendo polvorienta y los niños siguen jugando descalzos. Gabriel García Márquez logró que aprendiéramos a pronunciar la palabra Aracataca. Lo malo es que Aracataca sigue siendo lo mismo: un pueblo recordado, pero olvidado. ¿Será que después de la emoción del Mundial somos capaces de ver lo que verdaderamente necesita Guachené y, más allá de eso, hacer algo para cambiar la realidad? Para Guachené, ya las cosas son distintas. Ojalá que dure su cuarto de hora.

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