Manuela Zárate
Columnista

Manuela Zárate

Publicado el 19 de junio de 2017

Historias Ocultas de Grandeza

A veces pareciera que la historia está en manos de un número muy reducido de personas. La humanidad se manejó así mientras la gran mayoría de los imperios y reinos estaba en manos de sistemas absolutos y hereditarios, en los que la masa participaba poco y no tenía libertades. Nuestra era es una de derechos más que deberes. Al menos en papel los Estados se deben al ciudadano. Sin embargo, la gente sigue buscando en el Estado un paternalismo y un mesianismo que hace difícil su desarrollo y que la gran mayoría de las veces funciona más en su detrimento que a su servicio.

Algo nos impide a la mayoría sentirnos dueños del destino de nuestros países y por ende el propio. Más allá del hecho de que es muy distinta la influencia que pueda tener un funcionario que un ciudadano de a pie en términos de impacto político y de alcance en medios de comunicación, un efecto muy nocivo y latente de los sistemas de gobierno de hoy es que le generan al ciudadano una sensación de impotencia que lo paraliza. Muchos tienen opiniones que dar e incluso estarían dispuestos a ejercer ciertas acciones, pero no lo hacen porque sienten que no es suficiente, que no cuentan para nada y que la acción de una sola persona, de una sola conciencia es insuficiente para cambiar las cosas. Incluso, muchos dejan de ejercer sus derechos porque sienten que no tienen doliente y que a menos de que sea temporada de elecciones cualquier expresión ciudadana irá a caer en saco roto.

Hace años, leyendo “Anatomía de un Instante”, de Javier Cercas, sobre el intento de golpe de estado en España en 1981, cuando los franquistas intentaron frustrar la transición democrática, sentí que todo se pudo venir abajo a cusa de un grupo reducido de personas. La gente en general seguía anonadada por los años de guerra y dictadura, inconscientes de su poder, el destino se decidió entre unos cuantos actores, y así se selló el destino de España. En esos días la gente no salió, ni participó, fue un proceso político más que popular. Si hubo democracia fue la voluntad de unos pocos que salvó la de muchos.

Procesos de conflicto y cambio nunca son fáciles. En ellos siempre hay alguien dispuesto a morir por una idea, o peor, a destruirlo todo por ella. Intransigencia. Soberbia Miedo. Pero también vemos gestos de gran valentía, de idealismo, de riesgo, y son estos los que terminan salvando y cambiando el mundo. Estos gestos en los que está encerrada la grandeza de la humanidad se deben a héroes anónimos, a gente que desde el anonimato cambió el mundo. Sus historias no son siempre tan vistosas y muchas están enterradas entre páginas, pero son ellas las que pueden servir de inspiración y motor para las sociedades del futuro y por ello su rescate es fundamental. Una de esas historias es la de Dimitar Peshev.

Peshev fue un hombre de estado del gobierno Búlgaro durante la Segunda Guerra Mundial. Su gran logro fue haber impedido la deportación de judíos a los campos de Polonia donde les esperaba una muerte segura. Bulgaria se enfrentaba a la presión de Hitler, hecho que se reflejaba en la actitud de muchos funcionarios, entre ellos el Primer Ministro Pitov, decidido a deportar a los judíos. Peshev se enfrentó con decisión y astucia a su gobierno y al Reich alemán. Al final, un simple diputado logró lo que más nadie en Europa logró. Aunque no lo hizo solo fue el motor. Contó con acciones de la gente que hizo presión, desde protestas de calle, envío de cartas que llegaron de todos los sectores de la sociedad. Cada una sumó algo y logró algo que en la historia de una guerra tan sangrienta es un milagro: salvar vidas.

Solemos pensar que lo que hacemos, lo que decimos no cuenta. Que los Estados son demasiado grandes y que pertenecen a esferas muy lejanas. No siempre alzamos la voz y damos nuestras causas por perdidas. Sin embargo en la historia hay muestras de anonimato, de gestos enormes y mínimos que cambiaron el mundo. Dejarnos embargar por la impotencia es ceder nuestra propia vida. Esas acciones que consideramos mínimas e inútiles son tan necesarias como los grandes gestos.

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