Juan Luis Mejía Arango
Columnista

Juan Luis Mejía Arango

Publicado el 16 de marzo de 2015

Hombre de educación y cultura

Todavía aturdido por la noticia de su partida, escribo estas líneas para recordar una de las facetas más interesantes en la vida del Doctor Nicanor (a pesar de su insistencia, por respeto, nunca pude quitarle el apelativo de Doctor). Me refiero al hombre comprometido con la educación y la cultura.

Conocí al Doctor Nicanor a principios de los años ochenta cuando se desempeñaba como vicepresidente de Suramericana de Seguros y yo dirigía la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Un día me invitó a almorzar con nuestra amiga en común, Marta Elena Bravo, por entonces directora de Extensión Cultural de la Universidad Nacional. El propósito de la reunión era la de crear una alianza de las entidades culturales de “Otrabanda” para realizar eventos de alto impacto en la ciudad. A partir de entonces el Museo de Arte Moderno, la Universidad Nacional, la Piloto y Suramericana realizaron una frenética actividad conjunta que permitió organizar eventos tan recordados como “Bazarte” o dejar la impronta en la recuperación del patrimonio fotográfico con la creación del Centro de Memoria Visual de Medellín.

En el año 1983, cuando fue designado Gobernador de Antioquia, tuvo el acierto de nombrar a Marta Elena como Directora de Extensión Cultural del Departamento. Pocas administraciones hicieron tanto en tan poco tiempo. Basta recordar la creación de la Colección de Autores Antioqueños, el proyecto de recuperación de memoria cultural de los municipios del departamento, el apoyo a las bandas de música y la creación del Premio de Cultura de Antioquia, otorgado por primera vez a la hasta entonces repudiada y olvidada Débora Arango.

Cuando regresó a Suramericana de Seguros constituyó el Comité Cultural de la compañía, compuesto por integrantes externos a esta, con el objetivo de formular la política cultural que debía asumir una empresa del sector privado. Desde hace 30 años Sura ha tenido una presencia en la vida cultural del país –y ahora de Latinoamérica– de manera coherente y con absoluto sentido de su responsabilidad social cultural.

Cuando el Doctor Nicanor se retiró de la empresa aseguradora, uno de los más bellos homenajes que se le rindieron fue una exposición denominada “Entresiglos”, que hacía un recuento de la actividad cultural a lo largo de los 20 años de su presidencia. De esa época es importante resaltar la edición de la Historia de Antioquia en 1988 y la Historia de Medellín en 1996, dirigidas por Jorge Orlando Melo, obras que se han convertido en un texto obligado para cualquier estudio posterior sobre el departamento o la ciudad.

En los años finales en Suramericana, fuera de su compromiso con la paz del país, tenía la obsesión por la educación y por eso promovió la creación de una fundación que, desde el sector privado, aportara a la calidad de la educación en el país. Sin duda, Empresarios por la Educación, conocida por su sigla ExE, es un referente en Latinoamérica.

En medio de las más arduas tareas como empresario, y aún en los más difíciles días del narcotráfico en Medellín, el Doctor Nicanor nunca abandonó su pasión por la lectura. Era un experto en la obra de Jorge Amado y Honoré de Balzac, autor sobre el que realizó un ciclo en la Universidad Nacional de Colombia. Recuerdo que un día, en medio de estudios financieros y técnicos, extendió sobre su escritorio una inmensa hoja de papel añadido que contenía una matriz, en la que estaba caracterizando minuciosamente cada uno de los personajes femeninos de las novelas de Amado.

Luego de su retiro empresarial viajó a París a cumplir un sueño que había quedado frustrado en su época de juventud, cuando no logró obtener una beca para estudiar en Francia. A propósito se declaró siempre un francófono apasionado y así se lo manifestó al Presidente de la República el día que lo designó coordinador de la comisión colombo-francesa constituida en el viaje presidencial el pasado mes de febrero.

De sus estudios de maestría y doctorado nos queda su tesis de grado Empresariado antioqueño y sociedad, 1940-2004, publicada por la Universidad de Antioquia y que se ha convertido en un libro clave para entender las relaciones entre el sector privado y la política en nuestro país. Otro texto que en los actuales momentos cobra plena vigencia es Derecho a la Esperanza, publicado en 1999, y en el que plasmó su pensamiento alrededor del conflicto armado en Colombia y los posibles caminos hacia la paz.

Radicado de nuevo en Medellín, se vinculó a la Universidad Nacional como profesor asociado. Hasta hace 15 días cumplió estrictamente con su seminario doctoral. Nada le producía tanto orgullo como el ser profesor. Pero también le generaba mucha tensión, pues otras ocupaciones le restaban el tiempo que quería dedicar a preparar sus clases con todo el esmero.

Desde hace tres años asumió la presidencia del Consejo Superior de EAFIT. Toda su capacidad directiva la aplicó en la buena marcha de la Universidad. Lo que más me sorprendía era su pensamiento universitario y el convencimiento del papel fundamental que tienen las instituciones de educación superior en la transformación social y económica del país. En los momentos más difíciles acudíamos siempre a él en busca del consejo oportuno y sereno. Su última satisfacción fue la aprobación y la puesta en marcha de la nueva Escuela de Ciencias de la Universidad.

En los últimos dos años compartí con él varias conversaciones públicas alrededor del tema de la historia empresarial paisa. Gracias al don de la palabra que poseía, las charlas fluían con facilidad y en el público quedaba la sensación de que hablábamos improvisando. Pero la realidad era otra: cada intervención obedecía a un libreto preparado con antelación, pues actuaba con el rigor de los académicos franceses para quienes cada opinión debe ser sustentada en evidencias documentadas.

En un país carente de referentes morales, ¡qué falta nos hará el Doctor Nicanor! Se ha ido el último de los sabios de la tribu.

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