Rafael Nieto Loaiza
Columnista

Rafael Nieto Loaiza

Publicado el 21 de enero de 2019

INCENTIVOS PARA EL HORROR

Escribo con indignación, con ira, con profunda tristeza. Aunque pasan los días, no siento alivio alguno ni disminuye la intensidad de esos sentimientos. Segadas las vidas de muchachos inocentes, en la flor de su juventud, formándose para servir a la Patria, para cuidar de los ciudadanos. Los cuerpos mutilados, los fragmentos de carne y de hueso diseminados en las calles, la sangre en las aceras, los restos calcinados, las muecas de espanto, los llantos incontenibles de las madres, los hermanos, los novios de las cadetes asesinadas. El miedo en los rostros de los ciudadanos de a pie que se preguntan si volveremos a las épocas en que no había lugar seguro. El horror, uno apenas comparable con el que produjo el ataque al Club el Nogal, hace ya quince años.

Carlos Arturo Velandia, alias “Felipe Torres”, excomandante de ese grupo, advertía el viernes en radio: “Se viene una guerra en los territorios donde opera el Eln, también una guerra extendida a las ciudades en modalidad de cosas como carros bomba”. Los elenos tienen larga tradición de usar explosivos y fueron responsables del atentado en el centro Andino, aunque el gobierno y la Fuerza Pública de entonces lo ocultaran de manera deliberada, pero nunca habían realizado un ataque de semejante magnitud. El objetivo no fue casual. Buscaba mostrar que se podía golpear el corazón mismo de la Policía Nacional, el organismo que, precisamente, tiene a su cargo la seguridad de los ciudadanos. Su vulnerabilidad hace más vulnerables a todos.

Los medios y algunos dirigentes políticos han hecho un llamado a la unidad. ¿Unidad para qué? Si es para enfrentar al terrorismo, bienvenida. Pero confieso que no creo que hoy exista tal unidad. El día mismo del ataque hubo quienes insistían en los diálogos con ese grupo, no faltó quien culpó al gobierno porque no se hubiera sentado ya e, incluso, quien celebrara la muerte de los policías. Circula en las redes un mensaje en que se invita a no participar en las protestas de este domingo porque “no hay que marchar con el uribismo”. Para sectores mayoritarios de izquierda, si un estudiante pierde un ojo en las manifestaciones estudiantiles, a veces devenidas en asonadas, hay campaña en medios y en redes. Si hay 21 muertos y 68 heridos en la escuela de la Policía hay silencio o, peor, repudio a las marchas de los demás ciudadanos. La doble moral, el doble estándar en su faceta más triste y deplorable.

Aunque sea obvio, no sobra repetirlo y no hay que equivocarse: el principal responsable, el culpable del ataque, es el Eln, demencial, frío, cruel, ejemplar exponente de la peor izquierda, la de la combinación de todas las formas de lucha y la del uso del terror para someter. Leninismo puro y duro. Pero, más allá del necesario rechazo al ataque y de las invitaciones a la unidad, es indispensable estudiar las condiciones que facilitaron el ataque, para hacer las correcciones que permitan evitar otros.

Uno, los incentivos perversos para la violencia acordados en el acuerdo de Santos con las Farc. Por un lado, la impunidad pactada para crímenes como el de la Escuela. El Eln tiene la expectativa “razonable” de alcanzar al menos los mismos beneficios y privilegios que obtuvieron las Farc. Si los responsables del ataque contra el Nogal y Bojayá andan libres y son congresistas, ¿por qué no lo estaremos nosotros, dirán, que hemos atentado contra la Fuerza Pública y no contra civiles? Por el otro, la JEP que hasta hoy no ha sido nada distinto que una feria de vanidades, contratos, permisos vacacionales y la barrera de protección que impide la extradición de Santrich y la comparecencia de jefes de las Farc que, como Márquez y el Paisa, no solo no se presentan sino que siguen delinquiendo. Tres, el Eln se ha fortalecido con cuadros de las Farc y con territorios que eran de esa guerrilla. Finalmente, se pactaron beneficios al narcotráfico que nos han dejado un mar de coca, la violencia por el control de áreas, y millones de dólares que financian el terrorismo.

Dos, el debilitamiento sistemático de la Fuerza Pública en los últimos años, en particular de las tres fortalezas que fueron fundamentales para darles los más importantes golpes a los grupos ilegales: primero, la voluntad de lucha. Así como ocurrió con la sociedad civil, a los militares y policías les vendieron la idea que había terminado el conflicto armado, que habíamos alcanzado la paz. Como consecuencia, debilitaron su compromiso y se relajaron. Pero el conflicto, está visto, está más vivo que nunca. Segundo, se fracturaron las estructuras de inteligencia militar y policial, fundamentales en obligar a las Farc a negociar. Tercero, se perdió capacidad aérea y helicotransportada. Por último, se desmantelaron las redes de apoyo de información ciudadana, fundamentales en las guerras contrainsurgentes y en la lucha contra el terrorismo.

Tercero, las disidencias de las Farc, los narcos puros y el Eln han encontrado refugio y apoyo en Venezuela. Sin ellos, su capacidad de acción sería muchísimo menor que la que hoy tienen.

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