Óscar Henao Mejía
Columnista

Óscar Henao Mejía

Publicado el 02 de diciembre de 2016

Ingenuidad y razón

Cuando apenas tenía siete años me puse como reto sostener la vigilia, y sorprender al Niño Dios en la noche de Navidad. “Entre gallos y medias noches”, como solía decir en Valparaíso Doña Agripina Peláez, vi aparecer a mi madre en camisón. Como en otras ocasiones, sentí que levantaba mis pies para abrigarlos con las cobijas. Era la forma más tierna de decirme: te quiero. Con ese toque mágico, como siempre, me sumergí en mis sueños. Solo después hilé que podría ser ella la que dejó debajo de mi cama un pequeño camión de arrastrar y dos pantalones cortos de tirantas, que tenían el sello de confección de su mimada máquina Singer de pedal. Navidad era para mí un tiempo de mucha ilusión. Los años se me hacían largos esperando esos fantásticos días de pesebres, villancicos, encuentro con familiares y amigos, y mucha alegría.

Hoy, ya mayor, le agradezco a la vida que persista en mis modos ese rasgo de ingenuidad, pero ahora con una rica mezcla de razón. Todavía sueño, todavía creo. No me abandona la utopía.

Dentro de la Liturgia, la Navidad tiene un significado de nacimiento, de parto, de comienzo. Curiosamente, coincide ahora en nuestro país con el tiempo durante el cual pueda formalizarse un acuerdo que permita avanzar de forma significativa en el acercamiento al anhelo de paz. Y como es un comienzo, es también una nueva oportunidad, ojalá en muchos aspectos de la vida nacional. Porque, si algo aprendimos entre los acuerdos y desacuerdos de los últimos meses, con respecto al proceso de paz con las Farc, es que la mera negociación con esa guerrilla no abarca la totalidad de eslabones que requerimos para alcanzar una verdadera reconciliación. Indudablemente, este será un paso histórico y de excepcional importancia que posibilitará abordar otras urgencias de la vida nacional. Como ha sido insistencia de muchos análisis en columnas de opinión en la prensa escrita, la radio y la televisión, el país sortea graves problemas, que seguramente van a entorpecer la implementación del nuevo acuerdo y los anhelos de llegar a consolidar una paz duradera. Menciono solo dos, absolutamente álgidos, que se han acentuado en las últimas décadas de nuestra historia: la corrupción, una cruda realidad que ha tomado angustiosa relevancia, no porque sea tema de moda, sino porque, indudablemente, hay más empleados, militares, policías, políticos y ciudadanos corruptos. La corrupción es un cáncer que tiene en estado terminal a nuestra clase política y oscurece todo el horizonte de nuestro país.

Y lo otro, en estrecha relación con la anterior preocupación, es el tema de la justicia. Preocupan los recovecos que hacen los abogados, no solo desde sus oficinas particulares, sino quienes tienen responsabilidad pública en cargos oficiales, que cada vez están más entrenados para dilatar, evadir, soterrar, oscurecer argumentos, entrenar falsos testigos y negociar fallos. Nuestro sistema de justicia no compagina con el mandato de objetividad, imparcialidad, transparencia y mesura que juran estos profesionales cuando son certificados con su grado universitario.

No me niego a soñar con un país mejor, y creo que tenemos ahora argumentos para pensar que es posible. Nos lo merecemos. La comunidad internacional reconoce nuestro potencial por las condiciones climáticas, geografía, riqueza hídrica, fauna y flora, pero, sobre todo, por el carácter de nuestra gente. La mejor noticia será que, empezando el 2017, podamos decir que hemos nacido de nuevo, que realmente hemos tenido, no una Navidad tradicional de comercio y pólvora, sino un nuevo comienzo, el renacer de la esperanza.

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