P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 09 de noviembre de 2018

Isabel o la alabanza

De la alabanza podemos afirmar lo que dice el evangelio de la fe, que mueve montañas. La alabanza seduce el corazón del hombre, más aún, el corazón de Dios. Síntesis del amor, que pone al descubierto la inmensidad aun de lo más pequeño.

La alabanza va de la mano de los ojos, que son para mirar. Quien mira con atención descubre cualidades y maravillas en las personas y las cosas, como acogida, entusiasmo, simpatía, magnanimidad, riqueza, generosidad, motivos elocuentes de admiración, y por lo tanto, de alabanza.

El cuerpo tiene ojos y el corazón también, como lo expresa el zorro en su confidencia al Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve bien con el corazón”. Ora quien mira a Dios con los ojos del corazón, y su fruto es la alabanza, como les aconteció a los ángeles en la noche de Navidad, y a los ángeles del Apocalipsis (7,11-12), que se postraban delante del trono diciendo: “Alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén”.

Un día, la carmelita santa Isabel de la Trinidad (1880-1906), pianista de sensibilidad exquisita, cuya fiesta celebramos el ocho de noviembre, se queda absorta al leer: “Él nos ha destinado... a ser alabanza de su gloria” (Ef. 1,12).

En diciembre de 1905, escribe a un sacerdote: “Voy a hacerle una confidencia muy íntima: mi mayor sueño consiste en ser ‘la alabanza de su gloria’... Esto exige una gran fidelidad... para no vibrar más que al toque de sus dedos”. Artista consumada.

Cuatro meses antes de morir, Isabel hace un retiro, del cual deja unos apuntes. “Una alabanza de gloria es un alma que mora en Dios... un alma silenciosa como una lira... un alma que fija en Dios su mirada con fe y simplicidad, un instrumento que refleja todo lo que Dios es... alguien que vive en continua acción de gracias”.

La grandeza del hombre tiene en la alabanza el camino por recorrer. Cada uno está ante la urgencia de descubrir su poder transformante de alabar y de ser alabado.

El orante está llamado a convertir su vida cotidiana en la oración del Gloria: “Por tu inmensa gloria te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos, te damos gracias, Señor Dios, Rey celestial, Dios Padre todopoderoso”.

La misión de sor Isabel de la Trinidad está ligada a su vocación de alabanza de gloria. Destinados a vivir de la alabanza por toda la eternidad, será poco lo que hagamos por aprenderla desde ahora.

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