Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 15 de noviembre de 2017

Jaime Llano González

Recordó el programa sabatino de Teleantioquia a Jaime Llano González. Repitió el canal una presentación del incomparable maestro del órgano, realizada diez años atrás en Bogotá.

Gratos recuerdos nos vinieron a la memoria al volver a ver, ya inertes, aquellas manos prodigiosas acariciando el teclado de un órgano, que ejecutaba con maestría insuperable el hijo de Titiribí.

Jaime Llano partió en dos la historia de la interpretación de este instrumento musical. Hasta los espíritus más refractarios a las emociones, se conmovían cuando sentían vibrar las melodías que el Maestro arrancaba a sus notas. Muchas evocaciones nos pasaban como en película de lejanas tertulias musicales, con amigos vigentes y no pocos desaparecidos, cómplices de jornadas nocturnas bañadas en amores, en pasillos, en bambucos y boleros.

Jaime fue un caballero en donde se anidaron los mejores dones del espíritu humano. Inteligente, agudo, generoso, cálido. Con un sentido del humor inmejorable. Serio cuando estaba frente al órgano, para no dejar que nada desviara su atención de la responsabilidad melódica. Cuando ya el concierto terminaba, Jaime entraba en fraternal conversación, matizándola de oportunos chispazos de ingenio, de gracejos inteligentes, de anécdotas perspicaces.

Hace 12 años lo tuvimos en Santiago de Chile, en una serie de conciertos que deslumbraron no solo al cuerpo diplomático latinoamericano –el cual disfrutó de la música de la región–, sino a los colombianos que tuvieron el privilegio de tenerlo exclusivamente para ellos. Allí las remembranzas afloraron en muchos compatriotas que al escuchar canciones, y en ausencia de Patria, con nudos en las gargantas dejaban rodar por sus mejillas algunas lágrimas de nostalgias. Cada uno en sus cumbias, en sus vallenatos, en sus danzas, en sus pasillos, en sus boleros, abrazaban con su imaginación la tierra lejana, que Jaime Llano les acercaba con sus melodías. Fue un remolino de saudades.

Este sábado en Teleantioquia volvimos a escucharle, con tan acertada retrospectiva musical, el “Si te vuelvo a besar”, la bella composición de Llano, cantada por esa voz privilegiada como es la de Yaneth Estrada... Esa canción tiene su historia. La misma que en noches de tertulia, al calor de alguna copa –o de muchas para Jaime– intentamos sacarle el nombre de la afortunada. Nunca nos reveló el secreto. Con una sonrisa socarrona, eludía descorrer el velo del misterio. Evitó siempre confesarnos ese amor –¿real o imaginario?–, que retrató en esos versos y en su música.

También hablamos algunas veces de su juventud. De su paso por el seminario y por la Facultad de Medicina. Del porqué cambió el bisturí por las teclas del órgano. Si la sociedad perdió hacer un médico, ganó al más grande maestro que ha tenido la historia musical de Colombia en la interpretación del órgano.

Cuando la cruel enfermedad apareció, la tomó con serenidad. Sabía que inexorablemente entraría su memoria en las tinieblas. Llegaba a la conclusión de que la muerte es enfermedad incurable. Que desde que nacimos estamos muriendo. Y que el hombre es verdaderamente libre –lo recordábamos alguna noche de sana bohemia en Medellín– “solo cuando aprende a morir”.

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