Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 06 de diciembre de 2017

La antología del disparate

El presidente Santos supo ocultar durante años un modelo político en el cual creía, cual era el de hacer socio del Estado a la subversión. Sostenía, en carta al entonces presidente de la Cámara, que “las reformas políticas que nos darán paz, no van a ser el resultado de diálogos entre los que estamos ya de acuerdo en lo fundamental”. Y al presidente Andrés Pastrana le proponía “liderar un nuevo Frente Nacional en el que se pacte con todos los sectores políticos y con la guerrilla, un nuevo régimen político que reconozca la realidad que representa la insurrección armada”. En sus dos mandatos, con discursos contradictorios, fue desarrollando su estrategia para llegar al fin que se proponía. Utilizó, sí, estratagemas de marrulla y astucia.

Una de las afirmaciones más osadas, para encubrir su real como temerario objetivo, fue la de afirmar hace cinco años, que “ni Timochenko ni ninguno de los cabecillas de la guerrilla van a llegar a cargos de elección popular por el Marco Jurídico para la Paz”. Hoy vemos que el combo “timochentista” tiene asegurada a través de esa legislación, diez curules en Senado y Cámara, hecho que en democracia no asusta en verdad, dada la clase de personajes que hay en el Congreso, pero que sí pone de presente la poca decencia para tratar a una opinión pública a través de engaños dosificados.

Hace apenas tres años –y esto lo recoge una reveladora crónica de El Colombiano– en un debate en televisión, muy afirmativo declaraba que “cualquier persona que haya cometido crímenes de lesa humanidad tiene que ir a la cárcel porque así lo dice la Constitución y la legislación internacional”. Ya esa posibilidad poco existe y la cárcel seguirá siendo para los de ruana.

Pero el rosario de fingimientos no se detuvo. En marzo del año pasado Santos sentenciaba que “las Farc no tendrán curules gratis. Existe esa desinformación, de que hay unas circunscripciones que se las vamos a dar a dedo, eso no es cierto”. Años antes, en el debate presidencial con el candidato Óscar Iván Zuluaga, lo había llamado mentiroso por este echarle en cara ese propósito larvado que aquel negaba con frescura. El dedo funcionó para borrar el pudor.

Santos, como arma justificativa de sus bandazos, ha repetido aquella frase de que “solo Dios y los imbéciles no se contradicen”. Y como está lejos de toda posibilidad de encarnar la divinidad, ha simulado con desfachatez y poco pudor. Se acomodó a las exigencias de las Farc que ganaron ampliamente en la mesa de La Habana lo que no pudieron obtener en la difícil vida en el monte.

Son tantas las incongruencias en el transcurso de su mandato que recopiladas darían vida a otra edición de la “Antología del Disparate”. Por su capacidad para disimular, su credibilidad está desvencijada. Y por eso quien lo suceda tendrá la obligación de volver a entronizar la consistencia y la seriedad como directrices de gobierno respetado y respetable.

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