Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 10 de abril de 2018

La bobada judicial

El pasado 21 de marzo quedó en libertad Pedro Aguilar, acusado de desfalcar al estado en $600.000 millones por asuntos de chatarrización de vehículos. El tipo obtuvo su libertad con el aval de un falso fiscal, quien, con la mayor propiedad y elocuencia del caso, no encontró oposición a la solicitud de libertad hecha por la abogada defensora. Ante esto, el camino quedó libre para que una juez de Control de Garantías, lo dejara libre. Una argucia tejida con filigrana, que ni Jim y su equipo, los de Misión Imposible, lo hubieran hecho tan bien.

Creería uno que esta situación solo pasa en la ciencia ficción. Pero no, pasó en el país del Sagrado Corazón, demostrando que la justicia colombiana es como un mal portero de fútbol al que le meten los goles más estúpidos.

El golazo de Aguilar fue muy bien confeccionado. No se basó en argumentos de defensa sino en asuntos garantistas. Explico: La defensa pidió su libertad por vencimiento de términos, pues después de tres años aún no habían tomado ninguna decisión en el caso. La abogada, probablemente en connivencia con el falso fiscal, se pegó de ese argumento para pedir la libertad de Aguilar.

Esa artimaña, a la larga, evidencia la precariedad del sistema judicial, en el que los antecedentes y las pruebas están en un segundo plano por culpa de un tumor: el represamiento judicial en el debido proceso.

Hay quienes calculan que los casos por resolver ascienden a dos millones. Los procedimientos judiciales terminan siendo eternos y, a la larga, se resuelven no por los hechos punibles, haciendo que “evacuar”, como si se usura un laxante, sea más importante que hacer justicia.

Ni hablemos de la poca seguridad que existe para garantizar el debido proceso. Con el caso de Aguilar quedó en evidencia que, en pleno complejo judicial de Paloquemao, el más grande del país, donde se manejan los casos críticos y al que van a audiencias los pillos más temidos, hay un rigor mínimo para controlar los ingresos y saber quiénes son los que rondan pasillos y oficinas. ¿Ya se han preguntado cuántos expedientes no se habrán perdido porque se los roban o destruyen?

Esas falencias, además de otros problemas estructurales, di tú cositas como el llamado cartel de la toga, hacen que la justicia esté al garete de los que hacen con ella lo que quieran. Con razón, alguna vez alguien me dijo que lo peor que puede pasarle a un colombiano es que lo reporten a Datacrédito o caer en manos de la justicia.

Aguilar fue recapturado en un lujoso apartamento del sur de Cali. Probablemente estaba ufanándose de su astucia, con la que hizo pasar un papelón de fama mundial a la justicia colombiana, la misma que, además de la fama que tiene de estar muy coja, ya empezó a coger otra: la de boba.

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