Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 28 de mayo de 2018

La corrupción que no queremos más

La corrupción es el peor de los males de la sociedad colombiana. Estimulado, dictado y ejercido en todos los niveles y escalas sociales, pero con gran proliferación y asiento en el poder público, conectado con actores políticos en conciertos para delinquir, descarados y desafiantes. Se practica sin sonrojo y sin escrúpulo. No parece haber ya territorio vedado para los corruptos.

Se roban la plata de los restaurantes escolares, con recibos de compra de tamales a 30 mil pesos. Sobrefacturan los materiales de construcción de una refinería cuyo costo final se triplica. Levantan muertos y reclutan “locos” para cobrar pensiones. Fundan carteles de hemofílicos para compras y tratamientos ficticios de medicamentos. El desangre.

Los contratistas pagan coimas millonarias y financian campañas políticas que luego reembolsan con obras dilatadas, de mala calidad, con páginas y páginas de “otros sí” y renegociaciones contractuales. Cada día raponean al país y lo despiertan con el escándalo de un nuevo asalto a los recursos del Estado.

Y eso se traslada al comportamiento, al ADN ciudadano, a las prácticas cotidianas: te roba el socio, engaña con embelecos y trucos estudiados. Pone cara de pastorcito, igual que la de aquellos políticos y funcionarios descubiertos en el peculado y el detrimento que hasta último momento niegan. No hay vergüenza ni palabra ni honor.

Se necesitan cámaras de video, incluso ocultas, para que cada quien cumpla tareas a cabalidad, para descubrir con desazón tramas calculadas de ladrones avezados y silenciosos. Una sociedad en grave estado de descomposición pero que hace gala de un ambiente de normalidad falaz. Se resiste a mirarse en el espejo para aceptar su rumbo extraviado.

Un territorio en el que robar, engañar, hacer trampas y fundar empresas criminales es motivo de orgullo para muchos. El tumbis, la componenda, el torcido, la estafa y la extorsión como lugares comunes y zonas de confort.

Hay que hacer algo. Que el futuro presidente de este país refunde, reinvente, recomponga, rehaga, reaccione contra el poder enquistado de la corrupción en todos los niveles. Que nos devuelvan la esperanza, que se reeduque a los ciudadanos, que se invite a Colombia a un pacto por la ética, por la trasparencia, por la decencia, por la idea de un proyecto común contra la ilegalidad, sus vicios y delitos.

Que el voto, hoy, sea alentado por la convicción de derrotar a quienes convirtieron el servicio público en cloaca y la política en su papel higiénico. Pensemos que sin corrupción, sin la idea generalizada y aceptada de la trampa, el país podrá avanzar un poco más.

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