The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 13 de octubre de 2017

LA DISRUPCIÓN AUTODESTRUCTIVA DEL PRESIDENTE

Por GREG WEINER
redaccion@elcolombiano.com.co

Donald Trump se postuló para la Casa Blanca como un agente de cambio hostil a los hábitos de Washington, el lugar al que apodó “el pantano”. Funcionó. Pero las costumbres que sigue derribando como presidente son los andamios que apoyan las frágiles palabras de nuestra Constitución escrita. El rechazo del Sr. Trump es más amenazante tanto para su presidencia como para nuestro régimen constitucional que cualquier violación técnica de la ley de la que ha sido acusado (al menos hasta ahora).

El que el presidente de los Estados Unidos hable con cuidado y dignidad, que ejerza el poder del perdón que la Constitución le otorga de manera soberbia en lugar de indecente, que respete la independencia del cumplimiento de la ley y que, en la medida en que las políticas razonables lo permitan, él hable con sinceridad; estas son todas costumbres, no leyes. La ley es impotente para imponerlas e impotente sin ellas.

Cuando el Sr. Trump drena el lenguaje de su significado normal, la ley no puede hacer nada al respecto. Su ridiculización del senador estadounidense que lidera el Comité de Relaciones Exteriores, su uso repetido de la palabra “falsa” para describir la cobertura de noticias cuando en realidad quiere decir “desagradable” y su estilo de retórica frente a las Naciones Unidas, donde llamó a los terroristas “perdedores” y aplicó un epíteto infantil al jefe de una nación, son todos ejemplos de ello. No hay forma de formalizar convenciones de madurez y dignidad para los presidentes. Las costumbres llenan ese vacío.

El prodigioso abuso del lenguaje del Sr. Trump viola la costumbre según la cual los presidentes usan palabras para transmitir significados serios. Los ejemplos llegan todos los días, pero aquí hay algunos más. El presidente prometió decretar su camino hacia mejor atención de la salud, cosa que no puede hacer constitucionalmente. Él ha tuiteado varias veces amenazas a Corea del Norte, cuya imprecisión ha convertido las líneas rojas en manchas. Va y viene entre alianzas y ataques a otros oficiales constitucionales de tal manera que nadie puede trabajar constructivamente con él. Sin embargo, todos estos abusos de lenguaje son violaciones de la costumbre, no de la ley.

Cuando viola dichas costumbres, el Sr. Trump está en su forma más impulsiva y autodestructiva.

El Sr. Trump, quien llegó tarde a la causa conservadora, se dice que es tan hostil hacia la costumbre que sus empleados saben que la mejor forma de lograr que haga algo es decirle que va en contra de la tradición. Los tuiteos, la impulsividad, las mentiras, interferir con la independencia procesal, retórica descuidada sobre la paz y la guerra, rallies de campaña demagógicas disfrazadas de discursos presidenciales y semejantes son todas violaciones de costumbres informales de comportamiento presidencial. También tienden a ser los momentos cuando el Sr. Trump comete sus peores errores. Claro está que es engreimiento el pensar que son redentores que, por fuerza de su personalidad, transformarán todo lo que los precedió.

Históricamente, el conservatismo ha tendido a valorar la gobernanza liviana, para la cual la costumbre es aún más esencial. Aristóteles escribió que “cuando los hombres son amigos no tienen necesidad de justicia. En otras palabras, las reglas entran cuando los mecanismos informales de la sociedad han colapsado.

Gran parte de la teoría libertaria eleva la razón contemporánea, la racionalidad de lo inmediato, por encima de todo lo demás. Ambas escuelas de pensamiento asumen que la razón individual, aquí y ahora, es mejor para resolver cuestiones sociales y políticas, en todas sus dimensiones de complejidad infinita, que la sabiduría acumulada de la costumbre.

El abuso diario, a veces cada hora, del lenguaje por parte del presidente también es profundamente problemático para una república que conduce sus negocios con palabra y no puede hacerlo si sus significados son cuestiones de mera conveniencia. La arrogancia única del rechazo del Sr. Trump de la autoridad de la costumbre es más peligrosa de lo que nos damos cuenta porque sin costumbre, no hay ley.

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