David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 28 de agosto de 2018

La doble tragedia

La desgracia venezolana tiene un segundo tiempo. Aumenta el dolor, sin importar que ahora este venga del desprecio y el racismo de una América Latina que es indolente ante sus vecinos aún cuando llevamos años llenándonos la boca para decir que somos un mismo continente. Un mismo espíritu.

Los cientos de miles de venezolanos que tienen que huir del desastre político, social y económico que creó Chávez y completó Maduro, se encuentran ahora con la peor de las respuestas. Una xenofobia que no para de crecer. Una actitud que toma el listón de las más despreciables porque nadie abandona su casa, su pueblo, su gente, para empacar en dos maletas la vida entera y rebuscar en otro lado lo que su nación le arrancó. Sentir el desprecio en una tierra ajena destroza el alma. La ensucia.

Nosotros, los colombianos, sabemos muy bien de esas faenas. Porque fuimos y somos parias en el mundo. Y aunque se mantiene la queja al maltrato que sufrimos en las inmigraciones de los aeropuertos, en las fronteras del Norte o de Europa o de Asia, ahora algunos escupen discursos de odio contra los vecinos por las mismas razones que nos espetaron y nos espetan a nosotros. Por los trabajos que escasean, por la delincuencia que aumenta, por la violencia que no cede.

La migración venezolana es acelerada, multitudinaria y desgarradora. No se había visto en América en décadas. En siglos. Es un éxodo que en cifras iguala a lo que viene ocurriendo en Siria desde 2011 pero que, en este caso, nos toca con muchísima más contundencia y enseña nuestra propia fragilidad.

La crisis crece con los días y algunos pretenden detenerla con nuevas reglas. Con pasaportes. Con visados. Estamos a poco de que alguien quiera copiar la estúpida idea de un muro. Porque es un discurso que da asco y pretende etiquetar a los desarraigados como un nuevo grupo de indeseables.

Es un proceso lamentable. La crisis humanitaria que edificó el chavismo por dos décadas reveló el fracaso del Socialismo del Siglo XXI -como una política demagógica y divisoria, irresponsable en lo económico y tremendamente corrupta- pero además enseñó la falta de humanidad de buena parte del continente. Quitó el velo a los falsos discursos y bajó a la despiadada realidad la idea de solidaridad latinoamericana: solo se ofrece cuando no es necesaria.

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