Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 21 de abril de 2018

La eternidad en voz baja

Alguien dijo que el libro es la eternidad de un escritor. Yo añadiría que los lectores son la eternidad de los libros. Y, entonces, la lectura es una eternidad en voz baja. Eternidad callada, rezada, musitada. Porque leer es abrevar un sorbo de eternidad.

He pensado en esto al ver abierto entre mis dedos, como una flor a punto de ser deshojada, este breve volumen, bellamente editado por Taller de Edición, que recoge artículos no publicados de la ya larga producción cervantina del colega y amigo Alberto Velásquez Martínez. “El Quijote en América, Colombia y Antioquia” se titula esta nueva obra suya, que no por corta es una obra menor y que enriquece su bibliografía sobre el tema. Son caminos y horizontes, casi que apenas esbozados, pero que se convierten en un reto y un antojo para quienes, generaciones herederas, recogerán los arreos de quijotismo y sanchopancismo que, en deliciosa yunta, ha paseado con fervor y donosura el apreciado columnista de EL COLOMBIANO.

He leído con fruición el libro de Alberto Velásquez. Lo bueno, si breve, mejor. Envidio su entrega de toda una vida a estudiar, a difundir a Cervantes y el Quijote. Referirme a su último libro sobre el autor de sus amores es para mí un privilegio en este rincón del tiempo (de la eternidad de lectores) en que se recuerdan la muerte de Cervantes (22 de abril de 1616), el nacimiento de otro de nuestros grandes literatos, Manuel Mejía Vallejo (23 de abril de 1923) y también el nacimiento de Fernando González (24 de abril de 1895). Y como cada loco con su tema, que sea mi regalo para Alberto este aparte de un texto del pensador de Otraparte:

“Y un tal Miguel de Cervantes, «el caballero», «el gran soldado manco» que fue colector de impuestos por La Mancha; que estuvo en la cárcel por no cuadrar el dinero con los apuntes; a quien mantuvo su hermana que ejercía el oficio de ventera del amor, pero por encantamiento, pues tenía olor de gran drama...; este «yo» de Cervantes es Don Quijote de la Mancha, apaleado, pero el del brazo invencible; con bacía de barbero, pero era el yelmo de Mambrino; viviendo con Carlomagno y los doce Pares, que eran unos marranos que llevaban a la feria del pueblo vecino; pobre, pero eructando pavo; y has de saber, Sancho, aquí muy entre nos, que yo nunca vi a Dulcinea, pues si la hubiese visto no sería gracia, y has de saber que eso que llaman necesidad no perdona ni a los encantados, y fue el parecer del médico que sinsabores y quebrantos acabaron con él.

Todo ese libro sagrado es el yo digerido por la gracia de la Inteligencia...” (Tragicomedia del padre Elías y Martina, la velera)

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