Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 07 de marzo de 2018

La Fanfarria

Con un Congreso en su más alto nivel de desprestigio –cerca del 85 % que lo repudia según la encuesta de Gallup– llegan a votar este domingo los colombianos. Se define el mercado de las microempresas –con 3000 candidatos como accionistas– en que se han convertido unos partidos políticos sin ideologías, sin jerarquías, sin organizaciones coherentes y permanentes. Acudirán a sufragar los electores, ingenuos o convencidos, para dirimir los conflictos internos de rivalidades y codazos surgidos entre los candidatos de las mismas listas por sobrevivir electoralmente. La rapiña propiciada por el voto preferente es el pobre espectáculo de una democracia enferma.

Afortunadamente, la consulta del centro/derecha que zanjará la rivalidad entre sus tres candidatos, alegra un poco esta escena comatosa de colectividades anarquizadas con la compraventa de votos. Si se cumplen las encuestas, ganará Iván Duque. Un economista brillante, elocuente, con respuestas concretas a los problemas colombianos. Un candidato cerebral que no recurre al agravio personal. Es la imagen joven y moderna de quien podría enfrentar con éxito al populismo de izquierda, aquel que con propuestas demagógicas quiere ganarse a las gentes desprotegidas por un Estado y un gobierno que con corruptelas, escándalos y manirrotismo, han defraudado al país y agotado su capacidad de asombro.

La gente poco cree en la mayoría de los políticos. Ese escepticismo crece como consecuencia de los salpicones de promesas que en las campañas electorales riegan a diestro y siniestro. Si aquellas se cuantificaran, sus costos no cabrían en el estrecho presupuesto nacional. Por ello, ante la falta de credibilidad, la abstención es alta. Y la participación en las urnas espanta. Lo muestran las cifras de su reciente historia.

En 2014 en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 60 % de los colombianos se abstuvo de sufragar. ¿No confiaban en Santos y Zuluaga? En la segunda, la deserción fue del 52 %. La más reciente, la del plebiscito para refrendar los acuerdos de La Habana, mostró una abstención superior al 62 %. Es como si se hubiera intuido que sus resultados irían a ser burlados por los perdedores con el Sí. Se revivió aquella frase antidemocrática y desafiante de que “el que escruta elige”.

A partir del lunes se comenzarán a reacomodar las cartas para jugarlas en las presidenciales de mayo. Se despejarán tantas especulaciones para abrirse un nuevo temario que abordará no solo las propuestas concretas, sino las alianzas, más por conveniencias electorales de sobrevivencias políticas que por afinidades ideológicas. Se abren interrogantes acerca de quién o quiénes, en solitario o coaligado, será capaz de romper la tendencia de apatía e indiferencia. ¿Acaso solo se podrá quebrar esa constante abstencionista con estímulos esponjosos de la Registraduría o con el convencimiento de que lo predicado en la campaña es palabra y moneda de buena ley, de estricto cumplimiento en el ejercicio presidencial?

Este país ha sufrido tantos desengaños, tantas deserciones, entre lo que se ventila en campaña y lo que se lleva a cabo en la Presidencia y en el Congreso, que con razón el escepticismo del votante y del abstencionista hace parte del turbio paisaje político colombiano.

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