Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 21 de agosto de 2018

La Francia negra que ganó el Mundial

La solidaridad con dinero ajeno es simple demagogia. El problema de los miles de refugiados subsaharianos que arriban a las costas de Sicilia, de Andalucía y de las Islas Canarias, sobre todo en estas fechas estivales en las que los mares andan menos embravecidos, se está replicando en Brasil y en Costa Rica. En este caso, los migrantes son nicaragüenses y venezolanos, que también por miles, huyen de la hambruna y carestías en las que les ha sumido el castro-chavismo rampante. A menudo se escuchan críticas a una supuesta insolidaridad de los países ricos ante estos dramas sin analizar que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio o, de otro modo, que no es una cuestión de insolidaridad sino de saturación. Leo con pesar sobre brotes xenófobos contra estos migrantes nicaragüenses y venezolanos. Por fortuna no han ocurrido en Colombia.

Los ataques de brasileños contra campamentos de venezolanos en la ciudad fronteriza de Pacaraima han hecho que 1.200 personas abandonen el país y han elevado la tensión en una región que pide auxilio al Gobierno. Por otro lado, una inédita y violenta manifestación xenófoba en contra de los nicaragüenses ha encendido las alarmas en Costa Rica, un país en el que al menos el 8 por ciento de su población es inmigrante y que históricamente ha ofrecido asilo a miles de personas.

Pacaraima se ha convertido en la principal puerta de entrada de los 50.000 venezolanos que en el último año y medio han llegado a Brasil para rehacer sus vidas. Se estima que cerca de 400 cruzan diariamente la frontera y llegan a esta localidad de apenas 12.000 habitantes, en el norteño y empobrecido Estado de Roraima. Aunque la gran mayoría de los inmigrantes venezolanos decide instalarse a unos 200 km más al sur, en Boa Vista, la capital de Roraima, donde se encuentran unos 25.000 venezolanos en los desbordados y precarios centros de acogida oficiales, comienzan a proliferar campamentos clandestinos en Pacaraima. Si bien el drama del éxodo venezolano afecta más gravemente a otros países europeos, como España, e iberoamericanos, como Colombia o Perú, Brasil se ha convertido en una de las principales vías de escape y un 46 % de los venezolanos que han entrado desde 2017 permanece aún en territorio brasileño.

Respecto al flujo de nicaragüenses hacia Costa Rica, mucho menor, ha desatado una ola xenófoba en San José, donde una manifestación contra la llegada de migrantes acabó en enfrentamientos con la policía y varios detenidos. El Gobierno “tico” no respalda estos brotes y afirma que sólo tiene en la mesa 20.000 solicitudes de refugio, el 80 por ciento de ellas de nicaragüenses que ya vivían en Costa Rica de manera irregular desde antes de la crisis.

Ha bastado un movimiento migratorio más copioso de lo habitual para desatar la furia de una buena parte de la población afectada por este flujo. A este lado del charco llevamos varios decenios soportando estoicamente las pateras llenas a reventar de subsaharianos, argelinos, libios y marroquíes. Es un flujo que no cesa, una lluvia constante que cada día cala más. Echen un vistazo sino a la alineación de la Francia campeona del mundo este pasado verano en Rusia: seis de sus once integrantes de partida eran de origen africano. Una tendencia que va a más y que ya se nota hasta en las gradas.

Como escribí en la columna del pasado cinco de junio, titulada “Clandestinos”, las soluciones a estos problemas no son ni cerrar las puertas ni hacer la vista gorda. Mucho menos poner etiquetas de insolidaridad a los países que, como Colombia o España, son receptores de estos flujos masivos y que, con todo el derecho, piden que se regule regionalmente este drama.

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