P. Hernando Uribe
Columnista

P. Hernando Uribe

Publicado el 28 de diciembre de 2018

La inocencia

La inocencia es la conquista del hombre al morir, no el tesoro del niño al nacer. El niño es inteligente, egoísta y caprichoso, y su lenguaje, de comprobada eficacia, la pataleta. Y más ante el adulto, abobado y egoísta, que baila al son que el niño le toca.

Inocencia es una palabra compuesta. La i es negación, y nocencia, del latín nocere, es dañar, causar maltrato, dolor, echar a perder. Inocente es el que no hace daño. La inocencia no es una cosa, sino una persona, Dios aconteciendo en el hombre. La creación es la acción continua del Creador, que llena de inocencia cuanto crea, al hombre en especial.

El paraíso del Génesis no es el lugar del cual venimos, y que perdimos por culpa de nuestros primeros padres. Es la maqueta de lo que estamos llamados a ser, Dios por participación, y que los místicos, como Santa Teresa de Jesús, viven de modo sorprendente.

Para San Juan de la Cruz, el amor es el distintivo de la inocencia, la unión del amado humano con el Amante divino. “Está el alma en este puesto [...] como Adán en la inocencia, que no sabía qué cosa era mal; porque está tan inocente, que no entiende el mal ni cosa juzga a mal [...] habiéndole Dios raído los hábitos imperfectos y la ignorancia, [...] con el hábito perfecto de la sabiduría”.

Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, es, desde su nacimiento hasta su muerte, la inocencia y el modelo del hombre inocente. Cuando Jesús manifiesta su identidad: “Yo y el Padre somos uno” (Juan 10,30), está revelando que la inocencia, no hacer daño, es el amor, unidad de dos.

La vida entera de Jesús gira en torno a una realidad y una súplica. Realidad: “Padre, como tú en mí y yo en ti”. Súplica: “que también ellos sean uno en nosotros” (Juan 17,21). La inocencia es el fruto del amor. Dios es a la vez el amor y la inocencia. Y el hombre es inocente en la medida en que ama a Dios por ser uno con él.

Cuando san Agustín hace esta invitación: “Ama y haz lo que quieras”, se ubica en el horizonte de la inocencia. Entendiendo el amor, no como una actividad de la vida cotidiana, sino como el fundamento de la vida entera. Mirar, escuchar, oler, hablar, tocar, pensar y sentir con amor.

Un verso del poeta místico trazó el camino de la inocencia: “Que ya solo en amar es mi ejercicio”. El 28 de diciembre, la fiesta de los Santos Inocentes.

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