Taller de Opinión
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Publicado el 13 de julio de 2018

La interioridad

El 16 de julio es el día de la Virgen del Carmen, fiesta de la interioridad. María fue tomada en la Edad Media como madre y maestra excelsa por unos ermitaños del Monte Carmelo, dedicados a cultivar su interioridad con esta inspiración: “su madre conservaba cuidadosamente todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2, 51).

Interioridad es corazón, corazón es interioridad. Interioridad viene de interior, lo que está adentro, muy adentro, el corazón, lo que pongo, poco o mucho, en lo que siento, pienso, digo y hago. Mi interioridad inspira y sostiene la magnanimidad de mi existencia.

La Virgen del Carmen es la fuente de inspiración de los grandes místicos Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, cuya vida y obra es expresión perfecta de la grandeza humana. Basados en la experiencia y en una gran capacidad de traducirla a lenguaje humano, su obra escrita formula de modo admirable la grandeza del hombre como imagen y semejanza del Creador.

Para S. Teresa el alma es como un “castillo” con “muchas moradas”, unas “en alto”, otras “en bajo”, otras “a los lados”, y en el centro “la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma”. Teresa revela aquí con pasmosa habilidad su interioridad, fruto de su amistad con la Virgen del Carmen, con la pasión de contagiarla al lector, pues “nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios”.

San Juan de la Cruz es otro discípulo aplicadísimo de la Virgen del Carmen. Sus poemas son obras maestras de la literatura española y de la mística universal. Para Jorge Luis Borges, es “el más grande [...] de todos los que han usado la lengua española para los fines de la poesía”.

San Juan de la Cruz compone estos versos: “Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura”, que él mismo comenta: “en aquel mismo punto que le viese, sería ella arrebatada a la misma hermosura, y absorta en la misma hermosura, y transformada en la misma hermosura, y ser ella hermosa como la misma hermosura, y enriquecida como la misma hermosura”. El poeta vive en trance de que lo mate Dios, la hermosura.

Toda la obra de los místicos del Carmelo es un forcejeo por conquistar la magnanimidad del corazón, la interioridad. “Que ya solo en amar es mi ejercicio”. El amor, la interioridad es el tesoro que la Virgen del Carmen le regala al hombre del siglo XXI.

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