Alberto Velásquez Martínez
Columnista

Alberto Velásquez Martínez

Publicado el 01 de agosto de 2018

La lápida

Si bien comenzó Duque designando un buen gabinete en donde equilibra hombres de experiencia con técnicos y jóvenes profesionales preparados, que no son ahijados de padrinos atacados por comas diabéticos debido a exceso de mermelada santista, aparece ahora en el escenario un hecho insólito: el llamado a indagatoria a Álvaro Uribe por la Corte Suprema de Justicia. En buena parte le cobran, con intereses de usura, no solo su viejo enfrentamiento con la Corte sino su oposición ideológica a la extrema izquierda, la que internacionalmente tiene gran poder mediático y político.

Mas si Uribe es detenido por orden de una Corte desprestigiada por tantos escándalos de corrupción –expresidente y magistrados de ese organismo entre rejas– que filtra previamente sus decisiones a sus compadres del periodismo capitalino tremendista, Duque, por más amargos que sean estos infortunios, no podrá dejar derrumbar la gobernabilidad. Tendrá que demostrar su capacidad de liderazgo para sortear en el Congreso y ante la opinión pública, las hostilidades coaligadas de cortes y oposición. Sabe que en la adversidad se demuestra la habilidad y el valor del estadista.

Uribe, hombre ajeno a calcular presupuestos de riesgos, quizá no midió las contingencias que corría en su gobierno frente a las izquierdas, al poner en ejecución su política de Seguridad Democrática, que rescató al país de volverse Estado fallido. Aquellas sabían que con esa política les aplazaban su prospecto de implantar su propio modelo revolucionario. Con paciencia guardaron la lápida para colocársela, esperando una mejor ocasión. La encontraron ahora en el gobierno de los jueces, como si estuviéramos en el Antiguo Testamento.

Ante tan negros presagios que ahondan las divisiones nacionales, deberá crecerse el nuevo presidente. Derrochar inteligencia, paciencia, serenidad –atributos que ya ha demostrado– para no dejarse provocar. El estadista se mide en momentos de las duras pruebas. Confiamos en su fortaleza de espíritu, en su carnadura de líder, para no salirse de casillas, ni caer en retos inútiles que lo desvíen de su misión innovadora y restauradora. Capotear, con fortaleza y dignidad, lo que se le avecina al país si se da la detención del expresidente Uribe, adivinando que detrás de este llamado a juicio hay una mano invisible que “como espíritu burlón, tras el telón reía y reía”.

Duque comprenderá que en estos momentos de incertidumbre, lo prioritario es, no solo introducir sin demoras reformas estructurales para reconstruir un establecimiento agrietado por la indolencia y corrupción, sino alejar las probabilidades de que el país caiga dentro de cuatro años en manos del populismo. Ese pernicioso sistema aupado por los derrotados en las urnas, que acudirán a todos los medios para quebrantar la moral del nuevo gobierno y así aspirar a constituirse en alternativa real de poder. Hecho que de lograrlo, labraría como epitafio de nación radicalmente polarizada, aquel poema de Bergamín sobre la España desmembrada, de “...por tan entera como tan partida/se sueña libre y se despierta presa”.

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