The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 12 de septiembre de 2017

LA LUCHA DESPUÉS DE LA TORMENTA

Por MICHAEL G. WHITE
redaccion@elcolombiano.com.co

Hace casi doce años, en octubre del 2005, hice un viaje temeroso por carretera de seis horas desde Houston hasta mi casa en New Orleans. Mi vecindario se había remojado en aguas de inundación por semanas después del Huracán Katrina.

Mientras cruzaba hacia la ciudad, una versión de una vieja banda de jazz del himno funeral “Just a closer walk with thee” sonaba en la radio. Navegué por las calles húmedas y fangosas llenas de árboles derribados, carros volcados, partes de casas y cadáveres de animales hinchados. Cuando me bajé del carro en mi casa destrozada pero todavía de pie, todo estaba cubierto de barro grisáceo. En la puerta de entrada abierta había una X roja con números alrededor, indicando que no se había encontrado cadáveres cuando la Guardia Nacional entró a examinarla. Lo más impactante era el silencio. La ciudad que normalmente vibra al ritmo de bandas de segunda línea estaba quieta.

Un calor húmedo y un olor podrido me saludó cuando entré por la puerta. El sol de la tarde hizo poco por iluminar el oscuro interior, así que lo que ví eran siluetas de muebles volcados, mojados, y objetos no identificables cubiertos en lodo. En las paredes, una línea de flotación, a pocos centímetros del techo, mostraba donde el “gumbo tóxico” del agua de las inundaciones mezclada con productos químicos, alimentos podridos y restos humanos y animales había alcanzado su punto más alto.

Mis pasos crearon un fuerte crujido que resultó ser causado por algunos de mis 5.000 cds, que habían flotado por la casa y se asentaron en el piso. Todo en el interior estaba destrozado, incluyendo mi extensa colección de libros, grabaciones, fotos, partituras y entrevistas con viejos músicos del jazz. Recuerdos premiados y autógrafos de mis ídolos musicales y literarios fueron destruidos.

Los cuerpos de blackwood y las teclas de lata de mis más de 60 clarinetes fueron transformados por agua y moho en cadáveres trágicos y sin embargo en cierta forma hermosos cubiertos por una pátina de óxido de color. Se sentía como si una gran parte de mí se había ahogado y había sido despedazada y regada por entre los otros objetos en la casa. Me pregunté qué podría haber salvado si hubiera tenido solo una.

Por más devastadora que fue la pérdida de mis posesiones, esos sentimientos dolorosos pronto dieron paso a preocupaciones más inmediatas y serias: encontrar vivienda y comida, tratar con compañías de seguros y agencias gubernamentales, y conseguir las necesidades básicas.

En los meses que siguieron, a medida que la tormenta perdió su estatus de “noticia de última hora”, las historias trágicas no terminaron. Supe que personas que yo conocía se habían ahogado. Otros luego habían muerto por causa de infecciones, accidentes de autos, enfermedades relacionadas con el estrés y hasta suicidio. Me preocupé por el futuro de mi empleador, la Universidad Xavier de Louisiana, que fue damnificada por las inundaciones. ¿Y qué había de mi carrera musical, gran parte de la cual pasaba presentándome en la ciudad?

Ahora sé que todo se puede perder en un instante. Mis pensamientos sobre las posesiones y lo que es importante en la vida son muy distintos. Ahora todos mis parientes han muerto, excepto mi hermana Janice. Hace un mes, renuentemente vendimos nuestra casa materna, algo que nunca habríamos pensado en nuestra vida pre-Katrina.

Al escuchar sobre la devastación que los huracanes Harvey e Irma han causado en Houston y el Caribe y el desastre que se avecina en la Florida, tengo recuerdos dolorosos. Más que eso, estoy lleno de temor por los supervivientes de las tormentas porque sé lo que van a experimentar después de que el agua se retire y la atención de la nación se traslade.

Es difícil dormir sabiendo lo que han sobrevivido los supervivientes de esta temporada de huracanes y seguirán pasando, en algunos casos, por el resto de sus vidas

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