Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 04 de mayo de 2016

La tierra jamás prometida

(Serie La tierra jamás prometida, columna tres de tres).

Shalom.

“Más de cien mil misiles apuntan en este instante hacia el lugar donde nos encontramos”, era el mantra matutino en Tel Aviv, en Jerusalén, en los Altos del Golán.

En Tierra Santa, la emoción tiene dos manifestaciones: contenerse y guardar las lágrimas para cuando sea absolutamente necesario; o llorar sin recato.

La razón intenta dominar, sienta su posición: acude a los periódicos, la Historia, la voz de la gente. Pero ni así logra controlar la conmoción.

¿Será el Santo sepulcro? ¿El Gólgota? ¿Las aguas del finísimo río Jordán? ¿El Templo de la Natividad? ¿El Muro de las lamentaciones?

La susceptibilidad se desborda ante los retratos y escenas dibujadas en carboncillo por Esther Lurie (1913-1998), artista que después de estar en el gheto de Kovno, en Lituania, fue trasladada al campo de concentración de Stutthoff. Lurie había estudiado diseño de escenarios teatrales y artes plásticas en Bélgica. Su testimonio pictórico muestra la vida diaria, la cotidianidad de los campos de exterminio, sin la crudeza de “Así fue Auschwitz”, de Primo Levi, ni la frescura juvenil del “Diario de Ana Frank”, pero con el mismo nivel de cercanía. La intimidad define la obra de Lurie.

Los incrédulos ante la historia de “La lista de Schlinder”, de Steven Spielberg (1993), podrían abonar uno de los árboles del jardín que honra a los “Justos de las Naciones”, en Yad Vashem, el Centro mundial de conmemoración del Holocausto, en Jerusalén. Los “Justos de las Naciones” fueron hombres y mujeres oriundos de más de cincuenta países que arriesgaron sus vidas durante la II Guerra Mundial ocultando judíos en sus casas, trasladándolos clandestinamente, falsificándoles papeles para huir. Rescatando a sus niños.

Brasil, Perú, Chile, Cuba, Ecuador y El Salvador son los países latinoamericanos registrados en la lista de Justos.

A la salida de Yad Vashem está el Monumento conmemorativo a los niños: una caverna oscura, la cual es preciso cruzar asido a una baranda para no tropezarse. Un juego de espejos y velas reflejadas que parecen estrellas en el firmamento reciben al visitante, quien apenas percibe el sonido de dos voces que recitan en inglés y en hebreo el nombre completo, la edad y el origen de cada uno de los niños que fueron asesinados durante el Holocausto.

Tan pronto entro a las fauces del lobo, escucho “Yaakov Berliner, cuatro años, Checoslovaquia”... “Marta Berliner, un año, Checoslovaquia”. Los hermanitos murieron en el campo de concentración de Auschwitz.

Fueron un millón quinientos mil niños. En la penumbra de la cripta, alguien susurra en inglés: “Si quisieras oír todos los nombres, tendrías que pararte aquí durante un año entero”.

En medio del conflicto árabe-israelí, el endurecimiento del discurso es indiscutible, en especial entre los jóvenes. La palabra terrorismo se usa aquí y allá: “Al otro lado de la Franja de Gaza está Isis”. “El ejército israelí es terrorista”.

¿Para qué se prometió esta Tierra?

Me despido de la tierra que jamás me fue prometida, con dos nombres grabados en la memoria. No es Israel. Ni Palestina.

“Yaakov”. “Marta”.

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