The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 13 de noviembre de 2017

LAS ARMAS Y EL “PRECIO QUE PAGAMOS POR LA LIBERTAD”

Por Patrick Blanchfield
redaccion@elcolombiano.com.co

El asesinato de 26 personas durante una ceremonia religiosa en Sutherland Springs, Texas, no fue el tiroteo masivo de un solo tirador más mortal en la historia de Estados Unidos. Llega un poco más de un mes después del más mortífero: la masacre de Las Vegas en la que murieron 58 personas y más de 400 resultaron heridas. Pero el ataque del domingo cobró más vidas en un lugar de culto estadounidense que cualquier tiroteo anterior, y resultó en la cantidad más grande de niños muertos desde el ataque en la escuela primaria Sandy Hook en Newtown, Connecticut, en diciembre de 2012, en el que murieron 20 niños. La policía ahora dice que la mitad de las víctimas en Sutherland eran niños.

Nuestra reacción a los tiroteos masivos en general, y a aquellos en particular que involucran a niños, está saturada con retórica teológica. Los políticos hacen llamados pidiendo oraciones y lamentan la maldad sin sentido; los críticos denuncian sus llamados como cínicos y los atacan por complicidad hipócrita. Los mismos niños son descritos como ángeles, arrebatados del mundo demasiado pronto, dejando atrás una carga pesada para que lleven quienes los amaban.

El sufrimiento de los niños por mucho tiempo ha sido visto como una prueba de fuego para cómo los individuos y las culturas apuestan sus valores -considere los poemas de William Blake, o el Gran Inquisidor de Dostoievski en “Los Hermanos Karamazov” -y estas muertes brutales no son una excepción.

Detrás de todo esto hay una lógica de sacrificio. Está presente tanto en jeremiadas contra la cultura de las armas de Estados Unidos y celebraciones varoniles de la misma. La lógica del sacrificio está presente cuando el escritor Garry Wills compara poderosamente armas en Estados Unidos con el dios Moloch, a quien los cartagineses supuestamente ofrecieron sus hijos, y condena “el sacrificio que como cultura hicimos, y hacemos continuamente, a nuestro dios demoníaco”. “La lógica del sacrificio también está presente cuando las voces a favor de las armas como el ex presidente de la Asociación Nacional del Rifle Harlon Carter describen armas en manos de personas con intenciones violentas como “el precio que pagamos por la libertad”.

Pero cuando se trata de la realidad de la violencia con armas en Estados Unidos - de la cual los tiroteos en masa son sólo una parte -el sacrificio como concepto es insuficiente, y la noción de inocencia por sí misma, es cuestionable.

Nuestra compasión es activada fácilmente por la idea de inocentes asesinados, pero como lo observa el periodista Gary Younge, hacer énfasis en la inocencia puede ser un “camino corto empático”, una forma de implícitamente aceptar la premisa de que otros lo merecen. Pero nadie, a ninguna edad, merece tener su vida recortada por una bala, ya sea en la banca de una iglesia o en un callejón.

En lugar de usar el lente del sacrificio, deberíamos pensar en las víctimas de la violencia con armas en Estados Unidos como un desperdicio, puro y simple. Desperdicio en muchas formas -como vidas recortadas, como potencial eliminado, como futuros incautados. Pero también desperdicio más allá de cualquier sentido que restringe las vidas de los asesinados a mero capital humano- desperdicio como una matanza absoluta e irreclamable que sólo genera más destrucción después. ¿Qué ganamos con observar esta pesadilla nacional en cámara lenta como tanto desperdicio?

Como lo documenta la historiadora Nancy Isenberg, los arquitectos de las primeras empresas coloniales americanas vieron el “nuevo” continente como un “páramo”, un paisaje subexplotado que debería ser poblado con el trabajo de los “desperdiciados”.

Estos individuos marginalizados fueron comprendidos bien literalmente como fertilizante humano desechable para pastoralizar a la tierra salvaje americana, solo una faceta de la implacable explotación y extinción de vidas humanas de un régimen colonial, que se extendió desde el trabajo forzado hasta la esclavitud de bienes muebles y la limpieza étnica y más allá. Así también, la realización de nuestro Destino Manifiesto fue una gran pérdida y nuestro ascenso al estado de nación militar más poderosa del mundo, un logro construido sobre la muerte de millones de personas.

Hablar de esta historia como una que tiene un “legado” es relegar a tiempo pasado una realidad que aún opera en el presente. También es fomentar el ingenuo sueño de que, ya que es algo separado de nosotros, en el pasado, ahora es algo que podemos redimir en el presente. Pero nuestra lógica de desperdicio se desarrolla en las operaciones de una sociedad bruta en la que ninguna vida desperdiciada, sin importar cuán nominalmente inocentes ni cuán violentamente destruidas, parezcan capaces de incitar el cambio en nuestro asesino status quo.

Ninguna transacción jamás podrá redimir esto, y hasta el punto en que permanecemos casados con la lógica de sacrificio, permanecemos atrapados en un ciclo interminable de esperar una transacción que podría hacerlo. Sólo viendo lo que verdaderamente somos podemos esperar ser algo diferente.

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