Rafael Isaza
Columnista

Rafael Isaza

Publicado el 14 de julio de 2018

Las lavanderas y el teatro

Las lavanderas y el teatro

Amable lector. Por los años 40 del siglo XX las aguas cristalinas de la quebrada Santa Elena descendían de las montañas del oriente. Un poco más arriba del sitio La Toma, algunas mujeres se ocupaban en lavar la ropa de las familias pudientes de Medellín. Las sábanas y manteles blancos al frotarlos contra las piedras se desprendía la mugre. El día lunes entregaban la ropa limpia y se devolvían con la sucia.

La mamá, en una hoja de cuaderno leía: ocho sábanas y la lavandera decía véalas. De igual manera, se procedía con las fundas de almohada y otros trapos. La avenida de la Playa (antes la quebrada) cruzaba por la carrera Junín, cerca del viejo y lujoso Club Unión. Para mayor claridad, las personas al caminar por Junín, de alguna manera, tenían que atravesar la quebrada.

Por el año 1860 el señor Gabriel Echeverri le notificó al cabildo que él con la ayuda de un oficial se haría cargo de construir el puente de Junín y así fue; sirvió por más de 60 años. A riesgo de que la memoria me engañe, por los años 50 todavía la quebrada corría descubierta un poco más arriba del hermoso Palacio de Bellas Artes.

En esa época en La Playa, antes del cruce de la carrera Junín, a la derecha se erguía orgulloso el edificio Gonzalo Mejía, que albergaba el Teatro Junín en frente de la Avenida La Playa y al costado occidental el Hotel Europa, construido por los años 1924.

En el teatro, la luneta en el piso inferior y en la parte elevada hacia atrás el gallinero. En esa época no existían los estratos sociales, pero sin la menor duda, era claro que los Echavarría, Mora, Uribe, Olarte, De Bedout y otros pocos apellidos ocupaban la luneta. Al pueblo le correspondía el gallinero. Lo usual era asistir a ver películas, pero también se presentaron tenores como Ferruccio Tagliavini, Tito Schipa, y las cantantes Mary Anderson e Yma Sumac. En ocasiones como estas, el teatro, con capacidad superior a 4.000 asientos, siempre estaba lleno.

Un famoso tenor, por la edad, tuvo dificultades con el do de pecho; hubo suspenso, y entonces uno de los espectadores del gallinero, con la ayuda de varios aguardientes, comenzó a cantar “Di Provenza il mar, il soul”, de la opera la Traviata. Los aplausos fueron prolongados; quiso seguir cantando pero el público le dijo, ya no más. En el año de 1967 se ordenó destruir este teatro, fue algo que no debió pasar. En ese lugar figura el edificio Coltejer.

Ahora, la quebrada no se ve correr ni está limpia. Las personas mayores cuando pasan delante del que fue el teatro Junín, se detienen, pues les parece escuchar las canciones de entonces. También se imaginan que ven de nuevo las películas como: Lo que el viento se llevó (Vivian Leigh), La diligencia (John Wayne), La hora señalada (Gary Cooper) y Los siete magníficos con (Yul Brynner).

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