The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 01 de enero de 2018

*Por Michael Nelson

En el transcurso de la escritura de la Constitución americana, los redactores acertaron mucho, por lo que, a pesar de una guerra civil y un sinnúmero de crisis políticas, sobrevive como el plan de gobierno más antiguo del mundo, con 229 años de edad. Sin embargo, al celebrar el documento, también tenemos que ser honestos: está lejos de ser perfecto.

Están las críticas obvias a decisiones que pueden haber tenido sentido en esa época pero no han envejecido bien.

Tome la provisión para reemplazar a un presidente incapacitado. “¿Cuál es el alcance del término ‘discapacidad’ y quién debe juzgarlo?”, preguntó el delegado de Delaware, John Dickinson, en la Convención Constitucional de 1787. La convención no respondió a su inquietud ni en ese momento ni después. Como resultado, cuando Woodrow Wilson sufrió un derrame incapacitante en 1919, el vicepresidente Thomas Marshall rechazó todas las súplicas para tomar su lugar. Sin base constitucional para declarar que el presidente no tenía la habilidad para funcionar, Marshall dijo, “No voy a tomar el lugar y que luego Wilson, recuperado, llegue a decirme “Muévase, usurpador!”

Los delegados también sembraron confusión al cometer un error descuidado en la cláusula que trata sobre las vacantes presidenciales prematuras. En caso de que un presidente muriera, renunciara, fuera acusado y removido, o no pudiera “cumplir con los poderes y deberes de dicha Oficina”, ellos decidieron “lo mismo le corresponderá al vicepresidente”. Pero ¿cuál es el antecedente de “lo Mismo”? ¿Es la “dicha Oficina”, en cuyo caso el vicepresidente se convertiría en presidente por el resto del período de cuatro años? ¿O son los “Poderes y Deberes” de la Oficina, en cuyo caso serviría temporalmente hasta que pudieran convocarse elecciones especiales?

La mayoría de los académicos concuerdan en que los autores de la redacción querían eso último: presidente encargado, elecciones especiales. Pero no dejaron eso claro, y para el momento en que se produjo la primera vacante cuando William Henry Harrison murió un mes después de su posesión en 1841, todos los redactores estaban muertos. Algunos miembros del Congreso querían tratar al sucesor de Harrison, John Tyler, como un simple presidente interino hasta que se pudiera elegir uno nuevo. A Tyler no le pareció nada de eso. Diciendo ser presidente en todo el sentido de la palabra, juró rápidamente el cargo e incluso dio un Discurso inaugural informal.

La vicepresidencia misma fue el tercer error no forzado de los delegados. Llegó a existir como una manera de asegurar que cada miembro del Colegio Electoral (otra improvisación tardía) votara por dos personas para la presidencia con una consecuencia aferrada a ambos votos: quien quedara en segundo lugar sería vicepresidente. “Tal oficina como la vicepresidencia no era deseada”, escribió el delegado de Carolina del Norte, Hugh Williamson. La pregunta inmediata, entonces, se convirtió en: Qué haría el vicepresidente?

Debido a que los vicepresidentes abarcaban ambas ramas, en la práctica no fueron aceptados en ninguna de las dos, lo cual es parte de la razón por la cual la vicepresidencia fue una oficina marginal durante tanto tiempo.

Hace 50 años, la vigésima quinta enmienda fue adoptada como una corrección tardía a los tres errores descuidados de la convención. Afirmó el precedente Tyler en cuanto a que el sucesor a la presidencia se convierte en presidente, no presidente encargado. Respondió a la segunda parte de la pregunta de Dickinson -“Quién juzga la incapacidad presidencial?- a la vez que se negó a definir la incapacidad misma.

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