P.D. Mario Franco
Columnista

P.D. Mario Franco

Publicado el 10 de septiembre de 2018

¡Lo hace todo bien!

Son muchas las ventajas que recibimos, de este mundo, por los resultados positivos que tenemos con el desarrollo humano tecnológico, científico y cultural; pero no podemos ignorar las dificultades, vacíos y problemas que nos van dejando muchas de nuestras actitudes y respuestas a la convivencia humana en estos tiempos. ¡De nosotros no podríamos afirmar que todo lo que hacemos, está bien hecho!

Esta última afirmación sólo será posible cuando dispongamos nuestra vida para mirar y Ver; oír y Escuchar al origen de todo lo bueno que tenemos: Dios. De quien, como los testigos del Evangelio, podemos decir: ¡Todo lo hace bien!

Como en su tiempo, igualmente para nosotros con mayor razón, reconocemos muy esperanzadoras las palabras del profeta Isaías, cuando anunciaba el fin de la oscuridad, la sordera y el silencio mortal, de una vida común desfigurada. “¡No teman, he aquí que Dios viene para salvarlos! ¡Iluminará los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, oirán..., y la lengua del mundo cantará!

Hoy, más que ayer, se percibe en el mundo la contaminación ruidosa que estamos generando. “El ruido” es como un símbolo de un grito global, impresionante desde todos los frentes. Se habla mucho, se manifiesta y expresa una sociedad que pareciera emite sólo ruidos, quejas y lamentos. Gritos desbordados de ansiedad e insatisfacción a todo nivel, cuando supuestamente vivimos los mejores tiempos de realización y satisfacción humana.

Se oye; pero no se escucha. Nos hemos vuelto SORDOS. La sordera se torna “paisaje humano” de un mundo donde nadie quiere escuchar. Para evitar escuchar al otro nos dedicamos a generar ruidos en todos los órdenes, disciplinas y medios. A esto lo llamamos sistemas, “redes sociales” de comunicación. En realidad, no son más que la manifestación de una paradoja o contradicción: nuestra incapacidad de cercanía y relación. Gritos al aire –la nube- se oye, pero no se escucha. Seguimos siendo sordos por decisión, pues, todos queremos hablar y nadie desea o puede ser obligado a escuchar. Cuando “hablar” es un derecho y no así “el escuchar”, rompemos la cadena ética y relacional. Terminamos aislados-mudos. Solos. Como el sordo mudo del evangelio hoy, que somos todos, a quienes el buen Dios, ha venido a rescatar y salvar.

También es verdad que hoy podemos admirar muchas cosas que antes, sin los recursos actuales no podíamos sospechar. Sin embargo: NO VEMOS. Seguimos ciegos, como decía el principito, porque lo esencial, sigue siendo invisible a nuestras miradas, turbias, posesivas y aislantes. Hoy hablamos mucho, pero no decimos ni generamos casi nada, que sea realmente bueno. Todo se nos queda “afuera”, se nos escapa. Terminamos realizando así una vida caprichosa, aislada y egoísta, donde, en definitiva, los demás, simplemente no importan.

Ojalá veamos y escuchemos aquel que saliendo de sí hace bien todas las cosas: oír a los sordos y hablar a los mudos. Generando vida nueva para todos.

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