Ángela Marulanda
Columnista

Ángela Marulanda

Publicado el 17 de julio de 2017

Lo mejor es enemigo de lo bueno

Somos las primeras generaciones de padres dedicados a no repetir con los hijos los errores de nuestros antecesores y en el esfuerzo por abolir los abusos del pasado, somos los padres más dedicados y comprensivos, a la vez que los más débiles e inseguros que ha dado la historia. Como resultado estamos lidiando con unos niños más exigentes, beligerantes y poderosos que nunca.

En nuestro intento por ser padres ideales, pasamos de un extremo al otro. Así, somos los últimos hijos que los padres nos reprendían y los primeros a quienes los hijos nos reprenden; los últimos que tuvimos miedo a los padres y los primeros que les tememos a los hijos; los últimos que crecimos bajo el mando de los mayores y los primeros que vivimos bajo el yugo de los niños; y los últimos que crecimos buscando la aprobación de nuestros padres y los primeros que vivimos comprando el amor de los hijos.

En la medida en que el permisivismo remplazó al autoritarismo, las relaciones familiares cambiaron para bien y para mal. Antes, eran buenos padres aquellos cuyos hijos obedecían sus órdenes y los respetaban; y eran buenos hijos los niños formales que veneraban a sus padres. Pero hoy los buenos padres son quienes logran que sus hijos los amen, aunque no los respeten. Y son los niños los que exigen que les respetemos su forma de actuar y de vivir. Así, somos nosotros quienes complacemos a los hijos para que nos amen y no a la inversa como en el pasado.

En nuestro esfuerzo por ser buenos padres nos movemos de un extremo a otro: les damos demasiada atención a los niños cuando estamos con ellos, pero nos ausentamos mucho cuando el trabajo nos lo exige; les otorgamos privilegios de adultos desde pequeños, pero los cuidamos como si fueran nenés hasta bien pasada la mayoría de edad.

Si bien hoy tenemos familias en las que el afecto se expresa generosamente y la camaradería entre padres e hijos son evidencia de que los vínculos afectivos en el hogar son más genuinos, también es cierto que les damos demasiados privilegios y les hacemos pocas exigencias.

Así, es importante que revaluemos que nuestra función como padres no es facilitarles la vida a los hijos sino dedicarnos a cultivar en ellos los principios y virtudes que les permitirán ser personas bondadosas y correctas, que es lo que los hará felices.

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