Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 21 de julio de 2018

Los anacoretas del turismo

Aunque no sea sino atraídos por la industria del turismo, tarde o temprano hemos sentido el deseo de desertar, de evadirnos, de alejarnos, prófugos de nosotros mismos. Para decirlo con una palabra griega que me gusta por seca, por adusta, ser anacoretas.

El anacoretismo tiene una clara significación religiosa, pero si se analiza el verbo de donde procede, se observa un matiz muy especial. Anacoreta viene del verbo griego “anajoreuo”, que es volver sobre sus pasos, retroceder, recular. El anacoretismo aparece en la historia del cristianismo cuando este, con la paz de Constantino, se convierte en religión del imperio. Los creyentes pierden el incentivo de la lucha, el encanto de la clandestinidad, la fuerza interior que dan las persecuciones. Acabada estas había que inventarse une especie de martirio prefabricado, a punta de renuncias, mortificaciones, negaciones. Tal vez ahí esté el germen de la vida religiosa en la Iglesia: los ermitaños, los anacoretas, los monjes. Era un testimonio claro de no dejarse atrapar por la vida pagana. Lo mejor era huir, evadirse. Y se huía hacia el desierto, pues en la concepción geográfica del momento, se creía que más allá de la arena infinita quedaba el edén, el paraíso, la cercanía de Dios.

No sé si ha sido traída por los cabellos esta reflexión sobre eremitismo, monacato, anacoretismo y vida religiosa al conisderar el turismo, en muchos, como un síntoma de huida, de evasión. Lo que quiero decir es que en el fondo de las crisis y de las decadencias, hay unos elementos que se repiten y suelen presentarse con los oropeles de lo positivo, pero son negativos, peligrosos, destructores.

Las fórmulas que se proponen apuntan a un anacoretismo falso: huir, echar pie atrás, retroceder. Desertar de la realidad, sacarle el cuerpo a los compromisos del presente. Desde la oración o la meditación a la droga, desde el recluirse en una finquita en el campo a un esplendoroso viaje turístico, todo suena a evasión. Fugas canonizadas o fugas malditas.

Somos los eternos prófugos de nosotros mismos. Lo que importa es no estar donde debemos. Las crisis suelen estar acompañadas de paraísos perdidos, de nostalgias, de extraños misticismos. Huir, no estar presentes. No ser fieles al mundo ni a la tierra. Aunque para ello haya que perderse por un desierto sin caminos o encerrar la soledad y la insatisfacción en la torre de cristal de un hotel de cinco estrellas. O en una cabañita en el campo. O en el cielo. O en un infierno. Vaya usted a saber si uno, caminando por la playa de un mar ajeno o por entre las ruinas de culturas que ya no existen, es un turista hedonista o un anacoreta apesadumbrado.

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