David Santos Gómez
Columnista

David Santos Gómez

Publicado el 20 de marzo de 2018

Los espejos del terror

El miércoles en la noche un sicario disparó siete tiros a los tres ocupantes de un auto que recorría las calles de Río de Janeiro. El atentado dejó dos muertos: el conductor Anderson Gomes y la reconocida política de izquierda Marielle Franco, de 38 años, activista, defensora de derechos humanos y crítica de las últimas intervenciones militares en las barriadas pobres de la ciudad. El asesinato fue condenado por todo el espectro ideológico brasileño, desde la derecha del presidente Michel Temer hasta la izquierda a la que pertenecía Marielle y rápidamente se empezó a escuchar la palabra “mexicanización”, para describir el huracán imparable de violencia que vive ese país.

Decir que Brasil se parece a México por la seguidilla de crímenes y la degradación institucional es apenas la última de las comparaciones entre latinoamericanos. Hace apenas unos años, el mismo México habló de “colombianización”, para explicar por qué sus calles se llenaban de cadáveres por la guerra entre carteles y la intervención del Ejército.

Una pirámide de desgracia con las sombras de Brasil como México y México como Colombia. Tres tragedias que comparten sus raíces en una mezcolanza fatal de narcotráfico, corrupción y debilidad estatal pero que tienen diferencias profundas y cuyas características individuales impiden equipararlas sin caer en simplificaciones.

Sin embargo, el uso del otro como adjetivo para describir las tragedias nacionales y las angustias propias es un ejemplo tan patético como común. Una especie de placebo que nos permite respirar mejor mientras insistimos que hay alguien peor que nosotros. Un espejo cómodo que no devuelve en su reflejo las particularidades de nuestras miserias.

Resulta obvio que Brasil está lejos de parecerse a México, que se ahoga en una guerra que empezó Felipe Calderóncontra el narco y parece eterna, o que el país norteamericano, a su vez, no es Colombia, ahora orgullosa de su nuevo camino aun cuando los líderes sociales son asesinados uno tras otro sin tregua y no ceden ni la corrupción ni el narcotráfico.

Pero las comparaciones son resultado de lo irracional y efectivo que es el miedo y de cómo los países buscan su referente de pánico más cercano. Vale la pena tenerlo presente para evitar la reducción de los problemas y, en el caso colombiano, para ser más agudos y críticos. Para enfrentar con argumentos el grito que anuncia a Venezuela como nuestro modelo de terror.

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