Ernesto Ochoa Moreno
Columnista

Ernesto Ochoa Moreno

Publicado el 18 de marzo de 2017

Los “ismos” de la corrupción

También la corrupción puede explicarse con la teoría de los monstruos. Me parece que a este tsunami de escándalos que está desolando a Colombia se aplica el mismo principio: llega un momento en el que los excesos y las desmesuras del poder o de la ambición se salen de control y se da a luz un monstruo insaciable. Que acaba devorándolo todo y a todos, empezando por sus creadores y por quienes le han rendido culto abiertamente o al escondido.

Ahora todos, del Presidente para abajo, ponen cara de yo-no-fui. Y se desata la jauría inquisitorial de unos contra otros, de todos contra todos. Acusar es una forma de excusarse y, al revés, según el dicho, el que se excusa se acusa. Entonces, porque el que calla otorga, todos terminan siendo al mismo tiempo inocentes y culpables, a sabiendas de que olivos y aceitunos todos son unos. Solo cambia la trinchera política, partidista o ideológica, desde donde se enristran las lanzas o en donde se construyen los parapetos de la defensa.

Los ciudadanos comunes y corrientes, precisamente por corrientes y comunes, tenemos un privilegio: poder dudar de todos y de cada uno; no creer ni en unos ni en otros. Es el privilegio que nos concede esta desprestigiada democracia que permite que a su sombra se cometan los desafueros y los delitos de la corrupción. Dudar de todos y no creer en nadie se vuelve a la postre la versión de un sistema de gobierno y de convivencia que se creó para no tener que dudar y para poder creer siempre.

Pero debo justificar el título de mi columna. Eso de los “ismos”. Sin ninguna duda la corrupción es, en principio, un pecado personal, una falla individual de ética. Pero, mirados los hechos desde un ángulo político y partidista, la corrupción responde a varios “ismos”, que me atrevo a enunciar. Si se rastrean, se descubre que nunca la corrupción nace por generación espontánea.

No hay mesianismo sin corrupción. Los seguidores de un mesías político acaban por romper los diques de la ética y la moral para honrar y dar gusto a su diosecito corrupto. El fanatismo bajo el que se camufla una adhesión política, hace perder la cordura y ayuda a crear el reino de la corrupción, con la bendición de lo alto, para que no queden dudas. Cualquier maniobra criminal es válida para áulicos y paniaguados que no buscan sino dar halago al caudillo por encima de verdades y racionalidades. Y no querán ver la corrupción circundante los que engrosan el rebaño del populismo y se despeñan por los desfiladeros a los que los conducen los dictadores.

Populismo, caudillismo, fanatismo, mesianismo... Los “ismos” de la corrupción. Añádale, también, por supuesto, comunismo y capitalismo. Y conservatismo y liberalismo, por si acaso. También los demás partidos, que ninguno puede tirar la primera piedra. Y un último, el más ofensivo: el cinismo. Con el que los poderosos corruptos se ríen de nosotros. Y con el que nos quiere engullir el monstruo de la corrupción.

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