Ana Cristina Restrepo Jiménez
Columnista

Ana Cristina Restrepo Jiménez

Publicado el 06 de junio de 2018

Los NoNos

Muchos colombianos consideran que la mayor tragedia democrática es que esta segunda vuelta haya quedado a merced de “los extremos” (si lo son o no, no es el asunto a discutir en esta columna). Ese panorama en blanco y negro ya se había vivido en nuestro país: somos altamente manipulables en términos electorales.

Un gran daño que se le ha hecho a la democracia en estas elecciones es deformar uno de sus pilares: el poderoso manifiesto que es el voto en blanco.

En Colombia, el triunfo del voto en blanco por la mitad más uno de los sufragios en primera vuelta tiene efectos administrativos: exige repetir la jornada electoral (recordemos las elecciones atípicas de alcalde en Bello, en diciembre de 2011, fruto del triunfo del voto en blanco en octubre del mismo año).

En segunda vuelta, el voto en blanco pierde ese alcance, su papel es puramente simbólico. No queda “reducido”; al contrario, el mensaje es aún más contundente: ‘Sé que mi voto no tendrá efecto tangible. Aún así, lo haré’.

Pero estas elecciones mostraron lo peor de los colombianos –no dudamos en odiarnos y matarnos por políticos para quienes no somos ni una nota de pie de página–: dado que en esta oportunidad el voto en blanco sí tendrá efectos tangibles, pues le resta apoyo a un candidato en particular (y por lo tanto, le suma a su oponente), se ha apelado a su instrumentalización. Entre la derecha, el centro y la izquierda, volvieron trizas el recurso democrático por excelencia de quien duda y se niega a ser filado.

Por su naturaleza misma, el voto en blanco no debe ser objeto de intentos de masificación, de manipulación. Promoverlo es un contrasentido porque él es ante todo un grito de independencia.

Es curioso que hasta los más escépticos promuevan hoy el voto en blanco apelando al sentimiento judeo-cristiano de la culpa: si usted vota en blanco después no será “culpable” de haber elegido al que dice Uribe, o a Gustavo Petro. Ese argumento, fácil y tramposo, le habla a la más colombiana de las actitudes: “la culpa” siempre está en el otro, en quien es distinto a mí.

(¡El daño que el sentimiento de culpa le ha hecho a este planeta!).

La promoción del voto en blanco, tal y como se está llevando a cabo, es otra victoria sibilina de los NoNos –los no-homosexuales, no-campesinos, no-desplazados, no-interruptores del embarazo, no-escépticos, no-excluidos; los que representan la negación; el “No” en las urnas, los debates sin matices–: polarizar a los independientes y a aquellos que se definen como de “centro”. Despistar a los indecisos.

Ahora bien, los que escupen sobre quienes han declarado públicamente su intención de voto en blanco solo consiguen que estos lo hagan con más ímpetu (¡mientras tanto, los NoNos se revuelcan de la risa!).

Los NoNos no tienen par.

Para quienes hemos votado en blanco con disciplina –porque dudamos, porque no estamos convencidos (del sistema, de los programas, de los candidatos...)–, una cruzada evangelizadora a favor del voto en blanco solo tiene un logro claro: ¡ahuyentarnos!.

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