Juan José Hoyos
Columnista

Juan José Hoyos

Publicado el 09 de julio de 2018

LOS SEÑORES QUE TRABAJAN DE LADRONES

Quiero a Medellín con fanatismo. Como en el poema de Florbela Spanca, de tanto soñarla mi alma anda perdida y mis ojos andan ciegos de mirarla. Ella es para mí toda mi vida y es, como Dios, principio y fin.

Por eso me duele hablar mal de ella. De las heridas tan hondas que su violencia deja a veces en nuestros corazones. Algunas, en particular, son difíciles de olvidar, sobre todo porque causan sufrimiento a gente inocente.

¿Cómo referirse a esos males y a la gente que los provoca? Ellos tienen muchos nombres. Mario, mi padre, que fue inspector y secretario de los Permanentes Central y del Norte, y además inspector de Aranjuez, los llamaba rateros. En una especie de eufemismo académico, los profesores de derecho y sociología los llaman los amigos de lo ajeno. El escritor argentino Roberto Arlt, en sus Aguafuertes Porteñas, con ese corazón suyo tan grande y compasivo, se refería a ellos como “los señores que trabajan de ladrones”.

Pues bien. De ellos quiero hablar. En menos de un mes, mi familia y yo recibimos dos visitas memorables de su parte. La primera fue en el edificio donde hasta hace pocos días vivía mi hija Susana. Los ladrones vaciaron casi todos los apartamentos en un abrir y cerrar de ojos. Una semana más tarde, casi todos los inquilinos abandonaron el conjunto residencial. Mi hija regresó a nuestra casa con sus cosas embaladas en cajas y se fue de viaje.

El día de su regreso, cuando llegamos del aeropuerto, encontramos forzada la puerta de la entrada. Era blindada, con estructura de acero y revestimiento exterior de madera. Donde antes estaba la cerradura había un hueco. Apenas entré, me di cuenta de que los ladrones habían sido muy selectivos: solo se robaron mi computador, una cámara fotográfica, una cámara de vídeo y un equipo de sonido portátil.

Entonces recordé que este no ha sido el único robo del que he sido víctima. En 2006, la casa de campo donde vivo fue asaltada por ocho delincuentes encapuchados, armados hasta los dientes y con entrenamiento militar.

También recordé una de las historias más cómicas que me he leído. Se trata de un robo del que fue víctima Pablo Escobar en una de las peores épocas de la guerra entre el gobierno y el Cartel de Medellín.

Pablo recibía el correo a las siete de la noche. Ese era el momento en que las calles se llenaban de gente. La operación no demoraba más de 15 minutos. El guardaespaldas encargado del correo era un tipo llamado Godoy. Una noche, cuando él regresaba con el correo, Pablo no le pudo abrir enseguida, porque no escuchó el pito del carro. Estaba viendo las noticias de la noche. Cuando por fin lo escuchó, salió corriendo hacia el garaje y abrió la puerta. Godoy entró el carro mientras Pablo sostenía la puerta abierta. En ese momento, dos muchachos en moto llegaron a la casa. Uno de ellos sacó un arma y le apuntó a la cabeza a Godoy. Pablo se quedó inmóvil. Llevaba una pistola Sig Sauer, pero no se atrevió a sacarla, por miedo a que se armara una balacera. Mientras tanto, el muchacho insultaba a Godoy y lo obligó a bajarse del carro. Pablo se acercó y le dijo a Godoy que lo entregara, que no se hiciera matar. Al oír esto, el asaltante miró a Pablo y le dijo, sin saber con quién trataba: “No te movás, güevón, que para vos también hay bala”. Luego, los dos atracadores se fueron: uno en la moto y el otro en el carrito de Pablo, con todo y correo. ¡Eso es para que vea, hermano, lo insegura que se ha vuelto esta puta ciudad!, le dijo Pablo a Godoy.

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