Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 16 de abril de 2018

Los verdugos de la prensa

Cuando un periodista sale de misión por las calles, campos, bosques y selvas de esta Latinoamérica todavía poblada de tanta inhumanidad, apenas lleva consigo un lapicero, una libreta y una grabadora o una cámara de fotografía con su juego de lentes. Acaso también un morral con prendas escasas y gastadas que dobló en casa la noche anterior mientras conversaba con su esposa, sus padres o algún hermano presentes en aquel ritual de despedidas y regresos inciertos.

Este sábado 14 de abril miro las fotos que se regaron por las redes sociales en las que aparecen los cuerpos fulminados por las balas de los reporteros Javier Ortega y Paúl Rivas y su conductor Efraín Segarra. En un contraste estremecedor, a las puertas de este diario cuelga una pancarta que dice: #ElPeriodismoVive.

En las imágenes —¿quién tuvo la sangre fría para hacerlas y difundirlas?— los cadáveres de los colegas ecuatorianos conservan las cadenas con que habían sido atados entre sí por sus captores. Sus humanidades inertes y desplomadas tensan los eslabones.

Disparos en la cabeza, cerca al oído, y en la espalda, en la trayectoria de los pulmones y el corazón. Mortales. Cobardes. Asesinos. Propios de verdugos que desprecian a sus semejantes y que esta semana sumaron tres víctimas más al martirologio de la prensa.

La angustia y la incertidumbre primero, y la tristeza y la indignación después, torturan a sus familias en Quito. Empieza esa agonía lacerante que no terminará de sanar nunca más.

Estos sujetos, con sus armas y el poder arbitrario que les dan, alucinan. Siempre los oí hablar desde el lugar de quienes pueden disponer de la vida y la historia de otros.

Lo describo y lo recuerdo porque medio centenar de veces los tropecé en aquella Colombia profunda y azarosa de los años noventa y principios de este siglo. Ahora acaban de cortar el camino de Javier, Paúl y Efraín. A balazos, sin recavar en el daño a la sociedad y a este oficio sencillo de dar a conocer a otros lo que ocurre.

No podemos lamentar este acto brutal para magnificar a los asesinos, sino para empequeñecer su daño, lo estéril de su violencia y su “poder”. El sacrificio del equipo del periódico El Comercio debe ahondar en los ciudadanos, y los periodistas mismos, el sentido irremplazable de aquella misión que tiene como brújula la verdad, tan responsable como nos sea posible.

Ortega, Rivas y Segarra hicieron maletas hace 20 días para salir en su búsqueda. Se despidieron de los suyos animados por el deseo de ayudar a descubrir y entender la ilegalidad que campea entre Colombia y Ecuador. Es tan grave lo que sucede allí que ellos dejan un testimonio por el que pagaron el precio más alto, el de sus vidas.

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