Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 13 de agosto de 2018

Macías con el garrote, Duque con la zanahoria

El ataque del presidente del Senado, Ernesto Macías, contra el gobierno saliente, además de artero y a mansalva —mañoso por sus verdades a medias y sin posibilidad de réplica en medio de una posesión presidencial— vendió al mundo un país al filo del apocalipsis, o de la hecatombe, como diría su patrón.

El derecho a la libre expresión del congresista embistió las responsabilidades que lo asisten en relación con sus compañeros de foro. Emitió su opinión sobre el estado en que se encuentra Colombia, para él calamitoso, sin consultar a los demás “padres de la patria”. No fue la suya una voz unánime, legitimada por el consenso de las cámaras que representa, sino que se trató solo de su eructo bilioso.

Un discurso dañino y matrero. Mal escrito. Con una sintaxis gaga, pero sobre todo de un pesimismo que le exige, en concordancia, que será capaz de construir con su tarea legislativa un país mejor, más próspero, no aquella nación leprosa que dibujó torpemente sacudido por las ráfagas de viento de la Plaza de Bolívar.

La gran pregunta tras esos golpes que nos dio Macías a los que queremos que el país se reencuentre, se reconcilie y se integre, es si en aquella tarde desbaratada por el viento todo estaba calculado con frialdad: si Macías había acordado con el presidente Iván Duque que él nos sangraba con exceso de azote, y que luego el jefe del gobierno nos hacía creer que no gobernará con odios ni revanchismos.

Quiero pensar que no. Leí algo de incomodidad en los gestos del presidente mientras Macías vaciaba su sectarismo rabioso y le lamía los zapatos a Álvaro Uribe. Incluso se puede pensar que con el estilo del expresidente, tanta zalamería sobró e incomodó al patriarca.

Así es Colombia: el día de la posesión presidencial, en el que deben brillar las palabras, la inteligencia, el temple, la oratoria y las perspectivas de quien llega al poder, nos tenemos que aguantar el baldado de heces que arroja un palafrenero. Defraudador discurso para quienes pagamos los impuestos que sostienen la escolta y la pluma de este notario de infamias.

Que el discurso de Iván Duque sea honesto, sentido, que no se convierta en prosa hueca. De solo pensar que aquella tanda de garrote y zanahoria fue orquestada, se oprime la esperanza y se carga la maleta de vidrio molido para caminar los próximos cuatro años.

Será el tiempo el que nos muestre si lo de Macías era solo la convulsión propia de un enfermo de odio, o si obedeció a un montaje de teatro político en el que el actor de reparto echaba ese parlamento incendiario, para que luego el protagonista saliera a decir que seremos capaces de resurgir de entre las cenizas. Que a la era de un destructor non sancto(s) le sobrevendrá la de un Duque salvador.

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