Humberto Montero
Columnista

Humberto Montero

Publicado el 31 de julio de 2018

Mano dura

Las posguerras son casi tan sangrientas como las propias guerras. Sin planes Marshall de por medio, los “renegados” se habrían apoderado de lo poco que quedaba en pie en Alemania y hoy la locomotora europea sería otro estado fallido en manos de organizaciones criminales. Afortunadamente, la incipiente Guerra Fría, con la lacerante partición de Berlín como punta del iceberg, sirvió para que EE.UU. y el resto de potencias ganadoras evitaran sangrar más a los perdedores con compensaciones desmedidas, como ocurrió tras la Primera Gran Guerra. Más bien al contrario, la amenaza soviética espoleó a Washington a ganarse a Alemania como aliada y establecer allí su muro de contención anticomunista a fuerza de inversiones. Sin embargo, otros ejemplos más recientes nos muestran que, sin inversiones, las posguerras son terreno abonado para quienes no tienen intención de dejar las armas. Exmilitares sin otro oficio que ya no caben en el ejército regular, huérfanos sin familia ni parientes, contrabandistas y criminales unen fuerzas si nada bueno se les ofrece. Así ocurrió, por ejemplo, en El Salvador.

Tras una cruenta guerra civil, la ansiada paz trajo el establecimiento de las temidas maras en suelo salvadoreño. Con miles de armas circulando sin control por el país y una legión de jóvenes sin familia, sólo era necesaria una chispa para que las maras centroamericanas surgidas en Los Ángeles en los 80, fundadas por desplazados de la guerra para hacer frente a los grupos mexicanos, arraigaran con fuerza. Lo que en principio eran simples pandillas estudiantiles (mara Chancleta y mara Gallo), que se apedreaban y golpeaban entre sí en defensa de sus territorios pronto engrosarían las filas de la poderosa Mara Salvatrucha o de Barrio 18.

El regreso de los deportados, salvadoreños que habían emigrado en busca del sueño americano, pero resultaban expulsados tras haber cometido algún delito y que, generalmente, estaban vinculados a las maras, hizo el resto. Su vestimenta y lenguaje los hacía llamativos para los jóvenes que en aquellos tiempos se iniciaban en las maras, sus historias de la vida en EE.UU. los hacía atractivos para las nuevas generaciones que no habían salido del país y el dinero que aún tenían los convertía en líderes. Cada comunidad, colonia o barrio recibió al menos a un deportado que, en muchos casos, habría de liderar a los más jóvenes, convenciéndolos de unirse a las maras. La ineficacia de las autoridades a la hora de juzgar el poder de estas pandillas y la corrupción policial les permitieron gangrenar no sólo El Salvador sino también Honduras, Guatemala y Belice.

Este proceso debe servir de ejemplo hoy a Colombia. Ahora que las Farc dicen haber dejado las armas, el nuevo gobierno de Iván Duque tiene la ingente tarea de parar los pies a los exguerrilleros reconvertidos en bandidos. Doctorados en el mal y graduados en narcotráfico, leo en un interesante reportaje de Nelson Ricardo Matta en este diario que varios renegados del frente 36 tratan de reactivar sus actividades ilícitas en Antioquia. Con el respaldo del nutrido frente primero, el objetivo es mantener bajo su control el antiguo bloque noroccidental, lo que “fortalecería el corredor de la droga”. Según fuentes de la inteligencia militar consultadas en este esclarecedor reportaje, se sospecha que estos renegados ya tienen alianzas con otros grupos criminales como “los Caparrapos” y el Eln para llegar a los Llanos, Valle de Aburrá y Urabá.

Por fortuna, el ejército colombiano no baja la guardia y parece que el presidente Duque iniciará su mandato con mano firme contra las bacrim y las futuras alianzas con grupos renegados y disidentes de las Farc. Confiemos en que no le tiemble la mano.

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