Jorge Ramos
Columnista

Jorge Ramos

Publicado el 12 de octubre de 2017

MATAR ES FÁCIL

Estoy aterrado con lo fácil que fue para Stephen Paddock matar a tantas personas en Las Vegas. Acumuló un montón de armas en su cuarto de hotel, rompió dos ventanas y luego, como en un campo de tiro, se puso a disparar a las 22 mil personas que asistían a un concierto al aire libre.

Matar es muy fácil en Estados Unidos. No hay ninguna disputa de que en este país hay un peligroso enamoramiento con máquinas que te matan. En Estados Unidos existen más armas que habitantes; hay 112 armas de fuego por cada 100 habitantes, según un rápido vistazo en línea.

El argumento es muy sencillo: Mientras más pistolas y rifles existan, más fácil es que se usen para matar. Pero esta lógica nunca ha podido convencer al Congreso de Estados Unidos. Matanza tras matanza, los congresistas se rehúsan a hacer algo al respecto. Hay mucho dinero de por medio.

Vamos al ejemplo. En 2015 fueron asesinadas 13.500 personas con armas de fuego en Estados Unidos. Y en ese mismo año solo una persona fue asesinada de la misma manera en Japón, según un reporte citado por el Washington Post. ¡Una!

¿Por qué esta enorme diferencia? Porque en Japón es muy difícil obtener un arma de fuego. Matar ahí es difícil; menos de una de cada 100 personas posee un arma.

Un reporte de la BBC enumera todo lo que tiene que hacer un civil japonés para comprar una pistola: tomar clases durante varios días, aprobar un examen, acertar 95 % en una prueba de tiro, pasar una revisión de antecedentes penales y de posibles contactos con terroristas y superar una investigación de familiares y compañeros de trabajo. El permiso solo dura tres años y, luego, hay que volver a hacerlo todo. Japón ha demostrado que se puede reducir drásticamente el número de asesinatos si complicamos y limitamos el acceso a las armas de fuego.

¿Por qué no se puede hacer algo así en Estados Unidos? Se puede perfectamente respetar la Segunda Enmienda de la Constitución —que garantiza el portar armas de fuego— y, al mismo tiempo, proteger la vida de todos los que vivimos en este país. Pero ese balance está roto.

Las masacres se han convertido en algo casi cotidiano. Creía, equivocadamente, que tras el asesinato de 20 niños y seis adultos en la escuela Sandy Hook de Connecticut en 2012 las cosas cambiarían. Pero no pasó nada. Pensé que tras el tiroteo en la discoteca Pulse de Orlando, donde murieron 49 personas el año pasado, surgiría un movimiento nacional para limitar el uso de armas. No ocurrió. Y ahora tras la matanza en Las Vegas —la peor en la historia de Estados Unidos— tampoco pasará nada. En Estados Unidos nos hemos vuelto inmunes a las matanzas.

En el patio de una de las entradas al edificio de Naciones Unidas en Nueva York hay una escultura extraordinaria, regalo del gobierno de Luxemburgo en 1988.

Es una enorme pistola cuyo cañón termina en un nudo. Significa, para mí, el deseo de controlar la violencia.

Pero yo no veo ese deseo en ninguna parte en Estados Unidos. Este país se rehúsa a aprender la lección más obvia y sencilla: menos armas significan menos asesinatos. La nueva normalidad estadounidense es esta: los políticos no van a hacer absolutamente nada, en las calles se podrá seguir utilizando armamento de guerra y, de vez en cuando, tendremos una masacre a la que los noticieros le dedicarán todo su tiempo hasta olvidarlas en una o dos semanas.

El gobierno de Donald Trump —al que nada le ha salido bien en sus primeros meses en la Casa Blanca— jamás abriría un nuevo frente de batalla para limitar las armas. Además, el acto de terrorismo doméstico en Las Vegas va en contra de su narrativa de que los inmigrantes son el verdadero peligro para este país.

Quedé aterrado con la facilidad con la que Paddock asesinó a sus víctimas y con la absoluta negativa de Trump y de la clase política de hacer algo para evitar otra matanza. Es demasiado fácil matar aquí.

Posdata de papel toalla: El presidente Trump demostró una total falta de respeto en Puerto Rico cuando arrojó papel toalla a los damnificados del huracán. ¿Se acordarán de esto los votantes puertorriqueños cuando Trump busque la reelección en el 2020?.

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