Carlos Alberto Giraldo Monsalve
Columnista

Carlos Alberto Giraldo Monsalve

Publicado el 16 de julio de 2018

Medellín y los muertos de ‘la loma’

Él era uno de los líderes de los Comandos Armados del Pueblo (CAP). Las citas las ponía en los alrededores del Estadio y la Cuarta Brigada. —Es que por ahí estamos más seguros que de La 80 pa’rriba. En el barrio estamos las milicias, las bandas, la Policía y el Ejército. Y en la loma eso se mantiene revuelto, caliente—. Cuando decía “la loma” se refería a La Divisa, La Torre, La Pradera, 20 de Julio, Las Independencias y La Loma. Un reguero de casas apiñadas, de ladrillos desnudos y rojos, que cubrió las montañas y el borde de las quebradas que rodeaban las caballerizas y el Parque de San Javier.

Aún leo en archivos los pasquines y los CD que “Fernando” sentía como un logro de aquella red de rebeldes capaces de hacer revistas militares con fusiles de palo y camisetas estampadas en tintorerías clandestinas. Hoy, 18 años después, es como ver el álbum de un engendro que no deja de disparar, de reproducir pillaje, crimen y muchachos en contravía.

El viernes mataron en Calasanz al conductor de una buseta. De apenas 24 años, que acababa de retomar su trabajo y que dejó a su esposa embarazada. Ese día no le tocaba la ruta, pero reemplazó a un compañero que iba a “vestir” su bus para la fiesta de la Virgen del Carmen, la patrona de los conductores. Y el jueves, a 100 metros del lugar del asesinato, le prendieron fuego a un bus. Como si nada.

Esas laderas continúan infestadas de violencia y muchachos que desde muy chicos ya están haciendo fila para entrar al combo, a la banda. Generaciones a las que el panorámico de la vida se los rompe una bala perdida, o una buscada. “Hijo, eso salen y salen jefes de esas bandas. El alcalde dizque bregando a hacer algo y a capturarlos, y ellos hacen y deshacen”, dice mi madre como si esperara, igual que tantos medellinenses, la respuesta y la solución que no llegan.

Una de las últimas entrevistas con Fernando ocurrió en un rancho destartalado desde el que se veían esas lomas calientes por las que han rodado cientos de cadáveres. Él creía, con fervorosa convicción, que sus compañeros de los CAP eran un antídoto contra la violencia y el lumpen. Un año después, el joven Gomelo con que me esperaba en la Estación Estadio del Metro se pasó a paramilitar. No hubo ninguna revolución, ningún cambio, solo una carnicería que aún no termina. Con pistoleros de otros ropajes y bandos.

—¿Conocés por aquí?— me preguntó Fernando viendo la ciudad al fondo. —Mi abuela materna vivió tres años en una cuadra muy bonita, abajo, cerca al Parque de San Javier y yo subía a estos morros a elevar cometas. Una vez se me reventó y se me perdió una que quería mucho— le dije. —A vos siquiera, periodista. A mí se me pierde la gente—. Días después ya estaba muerto y yo entrevistando a sus camaradas y a sus verdugos .

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